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Había una moza muy presumida que pasaba el día peinándose y
arreglando su ropa.
Disfrutaba todas las tardes dando paseos por
la bolera donde se juntaban los mozos, para que la vieran y la dijeran cosas. Un día iba
con un vestido precioso, otro estrenaba pendientes de oro y los mozos siempre se volvían
para verla pasar.
Ella no hacía caso a ninguno, gustaba de
enamorarlos y dar esperanzas pero cuando se rendían a sus encantos, se reía de ellos y
los abandonaba.
Hasta que una tarde notó como un muchacho
estaba entretenido en el birle y no la prestaba la menor atención. La moza pasó de nuevo
cimbreándose con la mano en el talle y empezó a hacerle zalamerías pero el mozo que era
bien parecido no la hacía ningún caso. Desde un árbol, el trenti lo veía complacido
con sus ojos verdes y su cara negra, él había aconsejado al joven la forma de seducir a
esta moza respingona.
A partir de ese día, la moza se repeinaba
más que nunca, se compraba los vestidos más caros y desatendía las labores de la casa.
Estaba desesperada, no sabía lo que la pasaba y se puso mala de melancolía. |
Pero
el joven, tampoco podía quitarse del pensamiento a la moza. No se atrevía a cortejarla,
pensaba que pasado el capricho volvería a coquetear con otros y él sufriría el desamor.
Acudió al trenti que se encontraba sentado en un árbol, camuflado con su ropaje de hojas
y musgo. Al conocer la desgracia del joven dijo, sonriendo con malicia: Esta es la
flor de un día, entrégasela y si su amor es verdadero no se marchitará, pero si no la
cultiva como al verdadero cariño, durará una noche y un día. Mañana, si pasa por su
casa y no tiene las ventanas abiertas ni está alegre en el portal, sabrás que no existe
un sincero amor entre ambos. Al
pasear la moza, encontró al joven sentado en el muro de la bolera y se le iluminó el
corazón, él le echó la flor y dijo: El amor tarda en marchitarse lo que la flor de
un día. Ella cogió la flor y siguió su camino.
La muchacha acarició la flor y la llevó a
su casa, la estuvo regando con su aliento durante toda la noche, cerró las cortinas para
que no la dañase ni la luz del sol ni el brillo de la luna y prohibió todos los ruidos
del hogar. Después de velar la flor durante toda la noche y el día, cayó dormida de
cansancio.
Al atardecer el mozo pasó por delante de
casa de la joven y viendo la casa cerrada, en silencio, su corazón se llenó de dudas y
se fue. Y la flor se marchitó. |

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