Somardío, Febrero 98
Somardio II/98 - Volver al Sumario

Rincón de Historia

La Caballería Cántabra

Paulino Setién
El caballo está ligado estrechamente a la historia de los antiguos cántabros, no sólo porque demostraron ser unos soberbios jinetes, sino porque fue el elemento esencial en sus actividades guerreras al proporcionarles la principal fuerza ofensiva, en torno a la cual desarrollaron sus tácticas y maniobras.

Los textos de época romana expresaron la excelente calidad de los caballos del Norte Peninsular. Sobre todo de los asturcones astures de los que decían "que eran caballos pequeños, resistentes, con carrera elástica y flexible, por extienden a un tiempo las patas de cada lado. Animales capaces de llevar sobre sus lomos un hombre para recorridos largos y a una velocidad de desplazamiento considerable". Siendo así las monturas de los astures, es de suponer que la de sus vecinos cántabras serían muy similares sino idénticas.
También las fuentes clásicas, hacen referencia a la rapidez y contundencia de las expediciones de pillaje de los cántabros a lomos de sus caballos sobre sus vecinos, vacceos, turmogos y autrigones. Y a sus prácticas religiosas vinculadas a la inmolación de equinos en ceremonias rituales.


Los jinetes montañeses, armados con el equipo señalado en anteriores artículos, utilizaban para sus corceles frenos y bocados de las más variadas formas, predominando los denominados de tipo acodado. Las bridas consistían en una cinta ancha de cuero y el jinete debía manejar las riendas con una mano y empuñar las armas con la otra. Se mantenían sobre la montura sin silla, a horcajadas, utilizando una cubierta de cuero o lana sostenida probablemente por una cincha. Los estribos no se conocían, pero si las espuelas. Los caballos estaban herrados y gracias a su rusticidad y fuerza permitían su empleo en casi cualquier tipo de terreno y durante períodos dilatados de tiempo.
El uso, por parte de los cántabros, de este tipo de fuerza respondía a lograr, mediante su movilidad y velocidad de ejecución, las condiciones convenientes para un combate victorioso al poner en uso junto a una gran precisión y volumen de lanzamiento de armas arrojadizas, la utilización favorable del terreno gracias a sus desplazamientos, la rápida concentración, la sorpresa en el ataque al galope y su ágil dispersión. Manteniendo siempre a distancia al enemigo, hostigándoles constantemente y evitando su respuesta.
Como reconocimiento de las excepcionales dotes y capacidades de los jinetes cántabros, tras la victoria, los vencedores romanos no solo incorporaron a sus filas a muchos de los vencidos, con una elevada proporción de jinetes en formaciones (alas) de caballería en defensa de las fronteras del Imperio, sino que además, adoptaron sus caballos, muy apreciados en Roma y sus tácticas de guerra, como la conocida carga cántabra
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