De
pequeño, y de eso hace ya un tiempo, siempre que no
estaba mi padre, cogíamos un taxi para ir de acá
para allá. Era el taxi de Colina. Mi hermano recuerda
que en su maletero tenía montado una especie de mueble
de madera repleto de cajones y puertas, de los cuales salían
las piezas grasientas y las herramientas más extrañas.
¿Para qué querría aquél buen taxista
llevar tantos repuestos en su maletero?
De
todo aquello sólo recuerdo que yo bajaba corriendo
las escaleras, me sentaba junto a Colina y en vez de tirarle
del bigote -toda una tentación- me ponía a tocar
la bocina como un animal. Tanto cromado en aquél inmenso
volante resultaba irresistible. Supongo que Colina sonreía
y me odiaba, pero como yo no tenía más allá
de tres o cuatro años, tenía que aguantarse
y aceptarme. Matar a un niño es algo verdaderamente
reprobable, por gratificante que pueda llegar a parecer en
un principio.
Cuando
mi madre decidió sacarse el carnet dejamos de ver a
Colina, a su humeante Seat 1.500 diesel y a su bigote, y a
su vez, él se libró de mí. Supongo que
se compraría un Supermirafiori o alguna ordinariez
de aquellas que se estilaban en los 80, y ya nunca se recuperó
del impacto que en él causó ver su primer elevalunas
eléctrico.
Poco
a poco, los 1.500 fueron desapareciendo de las carreteras
hasta que llegó el día en el que sólo
era posible verlos junto a J.L.López Vázquez,
Gracita Morales o José Sacristán en las películas
españolas de los 60-70. Algún aliciente tenía
que tener el cine español de la época.
En
1994, enterrado entre unas zarzas, encontré un "milqui".
Peleé con su antiguo dueño y, por fín,
me lo traje para casa. Con bastante más ganas que capacidad
lo puse a funcionar y desde entonces comprendo el porqué
de aquél impresionante taller móvil que llevaba
el taxista en su maletero. ¡La puta!.
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