| Mi amada resplandece cuando la miro. Pero ella no me deja verla: vago a su alrededor, cercándola de lejos, y sintiendo como sus pasos lucen. Cuando mi amada me mira, me atraviesa y me desnuda. Esboza una sonrisa y me mira, y tengo que apartar la mirada porque aún me da vergüenza que me vea llorar. Mi amada está lejos, y cuando más me acerco a ella para hablarle más lejos está y me despide de su presencia cuando digo que la quiero. Mi amada, cuando habla, esparce perfume, su voz reverbera en los corredores y su risa se desliza por las rendijas de las ventanas como cabellos de sol. Cuando me habla, mi amada, no la escucho: sólo la oigo, mientras pienso: "¡Que hermosa eres amada mía, que hermosa eres!." Mi amada se esconde en su brillo, y cuando la veo pasar a través de los cristales de las ventanas biseladas, ensombrece el resplandor del mediodía con su luz. Mi amada lo inunda todo con su presencia y, cuando camina, yo la sigo, oyendo alejarse sus pasos, oyendo alejarse su voz, oyendo alejarse su mirada. Y la sigo, y solo encuentro el rastro de su perfume llamandome, haciendo crecer todo. Cuando le pido a mi amada que me ame, me mira y me habla de sus sueños. Y cuando habla, canta, y las salas vacias en dónde ha estado murmuran los ecos de su canción. Mi amada está lejos porque yo estoy lejos de mí. Porque yo estoy lejos de ella. Mi amada me rodea y me basta cerrar los ojos para murmurar su nombre. Mi amada está dentro de mí, y el ansia de recordar su rostro me empuja a arrancarme los ojos. A veces, todos los dias, constantemente, la llamo: murmuro su nombre en un gemido. Y me parece oirla decir que no soy digno. Mi amada es mi tristeza, mi alegría, mi locura, mi amada es mi razón. Es mi espejo, es mi llanto, es mi grito, es mi dolor. Entonces mi amada llega de puntillas, como siempre, riendo, y me desea buenas noches. |
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