Bienaventurados los mansos, pues ellos poseerán la tierra.

Cuando tenía 18 años, leí por primera vez la novela de Morris West, "Los bufones de Dios" (The Clowns of God). Es una historia de ficción que relata cómo un futuro Papa, Jean Marie Barette, Gregorio XVII, abdica tras haberle sido revelada la llegada inminente del fin del mundo y la segunda llegada de Cristo. Este hombre, tiene varias visiones del fin de los tiempos y estos, al fin se producen. Podría ser una novela de Morris West más. Pero por lo que lo recordé muchos años después y por lo que la tuve presente en la primavera del año 1989, fué por unas escenas que dibuja en el libro:
En él, tiene un sueño. Sueña con Cristo, que tomo en sus brazos a una niña con sindrome de Down, y tras acariciar su pelo, le pasa la mano por la cara, despareciendo sus rasgos característicos. La escena, abreviada y en la traducción original se desarrolla así:


"- Yo tomaré a la niña.
-No. -Jean Marie sintió un súbito espasmo de terro y retrocedió contra la muralla rocosa. Buscó un sitio donde sentarse y allí se acomodó, meciendo en sus brazos a la pequeñuela. El joven se puso de pie y ofreció el pan y la copa de agua. Cuando vió de Jean Marie rehusaba, comenzó a dar a la niñas pequeños pedazos del pan y diminutas gostas del líquido. De vez en cuando le acariciaba la mejilla y despejaba sus ojos del cabello que los cubría. Pidió una vez más:
-Te ruego que me dejes tomarla. No sufrirá daño alguno.
Cogió a la niña y bailó con ella hasta que ella rió, acercó su rostro al de él con ternura y lo besó. Y bruscamente dejó de ser una mongoloide para transformarse en una perfecta y preciosa niña, tan bella como la muñeca de una princesa.
El joven la levantó para que todos la admiraran. Sonrió a Jean Marie y le dijo:
-Como puedes ver, doy nueva vida a todas las cosas."

 

Hacia el final del libro, la catástrofe se avecina, y Jean Marie, junto con demás adultos se refugian con muchos niños con Sindrome de Down y otras deficiencias en un valle, como han hecho otros muchos grupos por toda la tierra. Entre ellos se encuentra un joven, Maran Atha que deja ver que es en realidad Cristo. Como el ex-Papa duda de ello, incluso se ofende por la familiaridad con que esta persona maneja los simbolos más sagrados para los cristianos, se produce la siguiente escena:


"Hubo un largo silencio. Luego el hombre que se llamaba a sí mismo Jesús extendió las manos.
- Deme a la niña.
-No. - En le momento mismo en que retrocedía, asustado, Jean Marie se dio cuenta que todo ello había sido anunciado en su sueño.
-Le ruego que me permita tenerla. No sufrirá daño alguno.
Jean Marie miró alrededor de él los rostros de los comensales. Pero no halló en ellos ninguna respuesta. Levantó a la niña de su alta silla y se la pasó al señor Atha a través de la mesa. El señor Atha la besó y la sentó sobre sus rodillas. Remojó un trozo de pan en el vino y, bocado por bocado, fue dando de comer a la niña, mientras hablaba, suave y persuasivamente.
-Sé lo que está pensando. Necesita un signo. ¿Qué mejor signo puedo yo darle que hacer de esta niña una persona nueva y sana? Podría hacerlo, pero no lo hará. Porque soy el Señor y no un mago. A esta niña le he regalado algo que ninguno de ustedes posee: la eterna inocencia. Para ustedes puede ser imperfecta, pero para mí está sana y entera, como el capullo que muere sin haberse abierto, o el pajarillo que cae del nido y es devorado por los insectos. Ella nunca me ofencderá, como lo hacen ustedes. Nunca pervertirá o destruirá la obra de mi Padre. Ustedes la necesitan, porque ella siempre evocará la bondad que los ayudará a ser cada día más humanos......
Más aún. Ella servirá para recordarles diariamente que soy el que soy, que mis caminos no son los de ustedes y que ni la más insignificante partícula de polvo que gira en las tinieblas del espacio cae fuera de mi mano.... Yo soy el que los ha elegido a ustedes. No son ustedes los que me han elegido a mí. Les dejo, como signo, a esta niña. Cuídenla como un tesoro."


Nunca olvidé este libro y, aunque es un explicación, acaso para algunos, poco satisfactoria para la pregunta por qué, da una pizca de sentido. Porque realmente, al cabo, nos damos cuenta que vivir con estas personas, estos niños, es un privilegio. Por muy grande que sea nuestro dolor con su llegada o con su marcha, siempre será más grande el amor que nos dejan. Siempre están con nosotros esa mirada plena, esa sonrisa. Ese amor irrenunciable.

 

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