
Aquí tenéis una muestra de varios romancillos cántabros recogidos por Fernando Gomarín Guirado (¡un saludo Fernando y gracias de nuevo!) y publicados en el libro titulado "Romancerillo Cántabro" editado por el Ayuntamiento de Santa María de Cayón en 1997.

Sentadita en su balcón
bordando medias de seda
y zapatos de charol.
-Ya sube mi rey, mi conde;
ya sube mi rey, mi vida.
Estaba la mesa puesta,
estaba como otros días,
estaba comiendo el pan
el cuchillo le caía.
-¿Qué tienes, mi rey, mi conde,
qué tienes, mi rey, mi vida?
-Me ha dicho el rey que te mate
pa´ casarme con su hija.
-No me mates con puñales
que es una muerte muy fría,
mátame tú con la horca
que yo no lo sentiría.
Estando ya ahorcando
estas palabras decía:
-Ahógame, mi rey, mi conde,
ahógame, mi rey, mi vida,
que quiero dar a mis hijos
la última despedida:
Hijos míos de mi alma
y también del corazón,
otra madre ya tenéis
pero no la que teníais;
si por la noche vos quiere,
por el día os olvida.
La madre murió el día veinte
y el padre el veintidós.

El casar es comparar
cada uno con su igual
y no casar como Elena,
Elena de Montalbán.
La casaron con un viejo
y no cesa de llorar.
El viejo como es costumbre
para la iglesia se va.
Estando el buen viejo en misa
Celinos por allí va:
-¿Cómo lo haremos, Elena,
pa´ el conde viejo matar?
Díle que estás embarazada
de siete meses o más.
Sale el buen viejo de misa,
la encuentra harta de llorar.
-¿Por qué lloras, Elena,
por qué tienes que llorar?
Si te hacen mal mis criados
yo les mandaré matar.
-No me hacen mal tus criados
no los mandare matar,
que me se ha antojado un ciervo
que anda en el monte Olivar.
-Baja las armas, Elena,
pa´ el ciervo dirle a matar.
-Malditos sean los viejos
y quien les ha dado pan,
que para matar un ciervo
las armas ha de llevar.
-Esa palabrita, Elena,
la vida te ha de costar.
Se ha marchado el conde viejo,
con Cellinos vino a dar.
-¿Dónde va el conde viejo,
dónde viene o dónde va?
-Voy en busca de un ciervo
que anda en el monte Olivar.
-Saque las armas, buen viejo,
vámonos a pelear.
De primero a conde viejo
de primero le iba mal
y después a última hora
Cellinos en tierra está.
Se ha cogido la cabeza,
la ha metido en el morral.
-Toma la cabeza, Elena,
para tu antojo quitar.
Esa cabeza, la viva,
muerta debiera estar.
Con el puñal que llevaba
la cabeza la echó atrás.
Se ha cogido las cabezas
se ha metido en un poyal.
-Ahí quereivos y abrazaivos,
ahora yo vos doy lugar,
que en toda vuestra vida
os his podido ajuntar.

Ya camina don Bernardo,
ya camina, ya se va,
ya deja la doncellita
de catorce años de edad;
ya deja la doncellita
de catorce años de edad.
-Si a los siete años no vuelvo
marido puedes buscar.
-Ni a los siete, ni a los ocho,
que de mí bien libre estás.
Un día estando en su cuarto
entró su padre y la dijo:
-¿Cómo no te casas, hija?
¿Cómo no buscas marido?
-¿Cómo me he de casar, padre,
si don Bernardo está vivo?
-¿Has tenido cartas, hija,
o billetes has tenido?
-No he tenido cartas, padre,
ni billetes he tenido,
que un día estando en mi cuarto
mi corazón me lo dijo.
Lo que le pido a usté, padre,
que me compre usté un vestido,
no se lo pido de seda,
tampoco de paño fino.
Se lo pido de sayal,
de eso que llaman curtido,
para írmele a buscar
por sendas y por caminos;
de noche por los atajos,
de día malos caminos;
de noche por los atajos,
de día malos caminos.
Allá alante, muy alante
ha encontrado un pastorcito;
allá alante muy alante
ha encontrado un pastorcito.
-¿Dime, dime, pastorcito,
de quién es este ganado?
-No te lo puedo decir,
que me reñirá mi amo;
no te lo puedo decir,
que me reñirá mi amo.
-No te lo pido de balde,
que te lo voy a pagar.
-De don Bernardo, señora,
mañana se va a casar.
Ya tiene las carnes muertas
y el vino está a serenar.
-Dime, dime, pastorcito,
más te quiero preguntar;
¿Dónde vive don Bernardo,
que con él quería estar?
-Allá, en aquellos castillos,
en el que relumbra el más.
Siete vueltas dio al castillo,
por ninguna pudo entrar;
mas al cabo de las ocho,
con don Bernardo fue a dar.
-Buenas tardes, don Bernardo,
bienvenido el militar.
-Si me diera una limosna,
me pudiera remediar.
Echó mano a su bolsillo,
y un uchavito le da.
-Qué corto es el caballero,
qué largo es el militar;
en casa de los mis padres
realitos de a ocho dan.
-¿De dónde eres peregrina,
tan cortesa en el hablar?
-Soy del lugar de Sevilla,
de Sevilla natural;
soy del lugar de Sevilla,
de Sevilla natural.
-Si es del lugar de Sevilla,
bien me les conocerá,
allí tengo yo a mis padres
y se me habrán muerto ya;
y mi querida Isabel,
¿si se habrá casado ya?
-Y su padre, ya se ha muerto,
y su madre, buena está,
y su querida Isabel,
hablando con usté está;
y su querida Isabel,
hablando con usté está.
Esto que oye don Bernardo,
desmayado cae pa´ trás,
ni con agua, ni con vino,
le pueden hacer hablar;
sino con palabras dulces,
que la doncella le da.
-¡Malditas sean las mujeres,
que tras de los hombres van!
-No maldizca usté a mi sangre,
que es sangre de gente real;
no maldizca usté mi sangre,
que es sangre de gente real.

Sentada está la condesa,
sentadita en el portal,
con peines de oro en sus manos,
que al niño quieren peinar.
-Dios te me acreciente, hijo,
Dios te me libre de mal,
de la muerte de tu padre,
tú, hijo mío, la has de vengar,
que le mató Carlos Viles,
por con tu madre casar.
Esto que ha oído el conde,
mandara al niño matar;
mandárale por dos hombres,
que estaban a su mandar;
uno de aquellos hombres,
tío del niño carnal.
Le traigan el corazón,
para su madre amorzar,
y un dedo de la su mano,
pa´ que sirva de señal.
-Este niño no matemos,
y este niño, no matar,
matemos esta perruca,
que ésta corazón tendrá.
Y un dedo de la su mano,
de ese mal no morirá,
y escribámosle una carta,
a su tío don Roldán.
Su tío le quiere mucho,
su tía le quiere más,
su tío le da el vestir,
su tía le da el calzar,
su tío le da las armas,
y caballo en que montar.
Pasó tiempo y vino tiempo,
y el niño creciendo va.
-De la muerte de mi padre,
yo, tío, la he de vengar,
que le mató Carlos Viles,
por con mi madre casar.
-Muy pequeño eres, sobrino,
para las armas jugar.
-Si usté no fuera mi tío,
con usté había experimentar.
Fuese tiempo y vino tiempo,
y el niño creciendo va.
-Dame posada, condesa,
por Dios o por caridá.
-No doy posada a romero,
por Dios ni por caridá;
no está mi marido en casa,
y pronto puede llegar.
-Dame posada, condesa,
y te diré de Roldán.
-Si me dices de Roldán
te daré de merendar;
ha de ser aprisa, aprisa,
que no ha de ser de vagar.
Cuanto más se lo decía,
más se emborraba del pan.
Y estando en estas canciones,
el conde vino a llamar.
-¿Qué te he dicho yo, condesa?
¿Qué te tengo dicho ya?
no des posada a romero,
por Dios ni por caridá.
Ha levantado la mano,
bofetón la quiso dar.
-Quedo, quedo, Carlos Viles,
quedo, quedo, no y na´ más;
que en lo que en el mundo viva,
no la volverás a dar.
Ha levantado la espada,
con buen filo y buen cortar,
le ha cortado la cabeza,
con dos dedos del hombral.-
Esto que vio la condesa,
no cesaba de llorar.
-¿Qué suspiráis, la mi madre?
¿Qué tenéis que suspirar?
Yo soy aquel vuestro hijo,
que mandasteis a matar,
si no lo quereis creer,
aquí tengo la señal:
un dedo de la mi mano,
acá en casa debe estar.
-Este es tu dedo, hijo mío,
en el mi cofrito está;
cada vez que lo veía,
no cesaba de llorar.

A cazar iba, a cazar,
el infante don García,
donde cae la nieve a copos,
donde cae el agua fría;
y se puso a descansar
al pie de una verde oliva,
y en la ramita más alta
hay una ave que decía:
-¡Vuélvete a casa, don Juan,
el infante don García,
que a tu esposa llevan los moros
por unas sierras arriba!
-Vuelve a rienda, mi caballo,
el de la silla dorida,
mucha cebada te he dado,
mucha más yo te daría,
si me llevas esta noche
donde mi padre estaría.
Picó espuelas al caballo,
volaba, que no corría.
-Dígame, señora madre,
dígame, señora mía,
si vio por aquí pasar
a mi esposa doña Elvira.
-Si, hijo, por aquí pasó,
tres horas antes del día;
un cantar iba cantando,
los moros la respondían.
-Vuelve a rienda, mi caballo,
el de la silla dorida,
mucha cebada te he dado,
mucha más yo te daría,
si me llevas esta noche
donde mi suegra estaría,
que ella dirá la verdad,
que la querrá como hija.
Picó espuelas al caballo,
volaba, que no corría.
-Dígame, señora suegra,
dígame, señora mía,
si vio por aquí pasar
a mi esposa y a su hija.
-Si, hijo, por aquí pasó,
tres horas antes del día;
un cantar iba cantando.
-¡Adiós, madre de mi vida!
Yo le dije: -¡Adiós, hija!,
que ampararla no podía.
Dios dé salud a tu esposo
el infante don García,
que te sacará de entre ellos
y aunque le cueste la vida.
-Dígame, señora suegra,
dígame, señora mía,
si les podré yo alcanzar
antes de entrar en Turquía.
-No sé qué te diga, hijo,
que hace rato que caminan.
-Vuelve a riende, mi caballo,
el de la silla dorida,
mucha cebada te he dado,
mucha más yo te daría.
Picó espuelas al caballo,
volaba, que no corría,
y al subir una gran cuesta,
abajo había una gran ría;
los vio juntos merendando
y en medio la blanca niña.
-O es su padre o es su hermano
o marido de la niña.
-Ni mi padre, ni mi hermano,
marido no le tenía,
siempre me he dolido yo
del que de camino iba.
-Buenas tardes tengan, moros,
y en medio la blanca niña.
Pan y vino se ha dejado
por mandato de la niña.
-Dios se lo pague, señora,
que yo no la conocía.
-¿Adónde va el caballero?
-Allá voy para Turquía,
a llevar pliegos y cartas
a los reyes de Turquía.
-Si nos quisiera llevar
a las ancas a la niña,
que el camino ya va largo
y hace rato que camina.
-Mi caballo, señores,
está criado en cortesía
y no recibiría en ancas
si doncella no estaría.
Responden todos a un tiempo:
-¡Doncella está, por mi vida!
Y al pasar una gran puente
y abajo una gran ría:
-Pasen delante los moros
que en mi pueblo así se estila,
que no pasaría el caballo
aunque le cueste la vida.
Pasan delante los moros
y al momento les derriba.

En Sevilla un sevillano
la desgracia le cayó:
de siete hijos que tuvo
y ninguno fue varón.
Y un día estando comiendo
echaba una maldición:
-¡Maldita seas mujer,
maldita de corazón!
De siete hijos que tuve
y ninguno fue varon
y si el rey pide gente
no tengo que darle, no.
Un día la más pequeña
se le fue la inclinación.
-Cómpreme arma y caballo
que a la guerra me voy yo.
-No eres para la guerra, hija,
no eres para la guerra, no.
Tienes el pelo muy largo,
de hembar, que no de varón.
-Este mi pelo tan largo
luego lo cortaré yo.
Cómpreme arma y caballo
que a la guerra me voy yo.
-No eres para la guerra, hija,
no eres para la guerra, no.
Tienes la cara muy blanca,
de hembra, no de varón.
-Esta mi cara tan blanca
pronto la quebranto yo,
dos días que la dé el aire,
dos días que la dé el sol.
Cómpreme arma y caballo
que a la guerra me voy yo.
-No eres para la guerra, hija,
no eres para la guerra, no.
Tienes las manos muy blancas,
de hembra, que no de varón.
-Estas mis manos tan blancas,
guantes las pondría yo.
La compró arma y caballo
y a la guerra se marchó;
a la salida de la puerta
se le olvidó lo mejor.
-¿Cómo me he de llamar yo?
-Llámate Marquitos, hija,
que así me llamaba yo.
Ya se marchó para la guerra
y nadie la conoció,
sino que el hijo del rey
que de ella se enamoró.
-De amores me muero, madre,
de amores me muero yo
por los ojos de Marquitos,
de hembra, no de varón.
-Convídalo tú, hijo mío,
a las huertas a comer
que si Marquitos lo es hembra
llenará las mangas bien.
-Ya le he convidado, madre,
a las huertas a comer;
todos llenaban las mangas
y ella a pasear se fue.
-De amores me muero, madre,
de amores muero yo
por los ojos de Marquitos,
de hembra, no de varón.
-Convídale tú, hijo mío,
a las plazas a comprar
que si Marquitos lo es hembra
a los collares se irá.
-Ya le he convidado, madre,
a las plazas a comprar;
todos dicen: -¡Qué collares
para en el cuello campar!
Y ella dice: -¡Qué puñales
para en la guerra pelear!
Madre, de amores me muero,
de amores me muero yo
por los ojos de Marquitos
de hembra, que no de varón.
-Convídale tú, hijo mío,
a los ríos a bañar
que si Marquitos lo es hembra
no se querrá desnudar.
-Ya le he convidado, madre,
a los ríos a bañar;
ella dice que en su tierra
no se estila el chapuzar
pero por dar gusto al rey
los pies se iba a mojar.
Madre, de amores me muero,
de amores me muero yo,
por los ojos de Marquitos
de hembra, que no de varón.
-Escríbele pliegos y cartas
de gemir y de llorar
que su madre ya se ha muerto
y su padre va a expirar
y a la hermanita pequeña
la unción le van a dar.
¡Quédese con Dios el buen rey
con Dios se puede quedar,
siete años le ha servido
una doncellita honrá!

A caza, de caza iba
el infante Juan García,
lleva los galgos cansados
de subir cuestas arriba.
Donde se le escureció,
en una triste montiña,
donde cae la nieve a copos,
el agua menuda y fría,
donde canta una culebra,
un león le respondía,
donde está el árbol de plata
la ramada de oro encina.
En medio de aquella rama
estaba una hermosa niña,
su peine de oro en la mano,
con él su pelo huía.
Y una cadenita de oro
que a la garganta traía,
cuántas veces a los hombres
de cadena serviría.
Echó a andar el caballero,
la niña se sonreía.
-¿De qué te ríes mulata,
nieta de mulatilla?
-Me río del caballero
con toda su bizarría
que encuentra una niña en monte
y allí la dejó y se iba.
-¡Vuelta, vuelta, mi caballo,
vuelta pa´ la vida mía,
que se me quemó la espada
al pie de la Fuentefría.
Y entonces vio el caballero
que era la Virgen María.
¡Válgame Nuestra Señora,
Válgame Santa María!