5º Dom. Pascua, 18-05-2003   

         Una de las cosas más admirables de Jesús es su facilidad para sacar de la vida diaria imágenes con las que expresar lo que nos quiere decir y enseñar.  Jesús mira a las personas y a la naturaleza con la profundidad con que la miran los poetas o los enamorados.  De una trivialidad como que un pastor pierda a una oveja o que una mujer pierda una moneda es capaz de elevar nuestro corazón y entendimiento a contemplar como Dios nos busca a cada uno de nosotros.  El trigo y la cizaña, la higuera, las semillas, los segadores, todo sirve a Jesús para darnos una enseñanza sobre quién y cómo es Dios con nosotros.  Y todo esto, esta manera de mirar a las personas y a las cosas,  nos sorprende aún más a nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, que tenemos tan embotados los sentidos por las mil imágenes de la publicidad, por la prisa y el ruido,  que no vemos más allá de la superficie de las cosas, que vemos sin mirar, que oímos sin escuchar y tocamos sin sentir.  Este es uno de los grandes problemas de los seres humanos de nuestra época, la falta de vida interior.   Vida interior para encontrarnos con nosotros mismos, con nuestra verdad. Vida interior para descubrir nuestros sentimientos, para apreciar lo que somos y tenemos.  Vida interior para descubrir en los demás lo que realmente son más allá de su apariencia.  Vida interior para sentir cómo vibra a nuestro alrededor la vida en la naturaleza.  Vida interior para poder mirar al mundo y a las personas, no con mirada posesiva sino maravillada y respetuosa.  Vida interior finalmente para descubrir que en el fondo de nosotros mismos, en lo más íntimo de nuestra intimidad hay una presencia que nos llama, que nos invita a vivir en relación amorosa.

         Hoy Jesús emplea la estupenda imagen de la vid para explicarnos cómo es la relación que mantenemos con El.  Una imagen que se explica por sí misma. El es la vid y nosotros los sarmientos, si permanecemos unidos a la vid podremos dar frutos abundantes.   Dejar que la savia de Cristo circule por nuestras venas, que su sangre sea nuestra sangre, su vida nuestra vida.  Para que podamos dar frutos de amor, alegría, paz, generosidad, tolerancia, lealtad, los frutos que da el Espíritu y que nos hacen ser verdaderamente humanos y vivir con plenitud.