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A veces es necesario que hagamos como una síntesis de nuestra
fe. En qué creemos, porqué estamos aquí, qué nos mueve a vivir,
quién es este Dios al que celebramos cada domingo. Hacer una
síntesis equivale a contemplar de una mirada la historia del mundo y
de la humanidad, nuestra historia personal, y la mejor manera de
hacerlo es contemplarla con los ojos de Dios. ¿Cómo ve Dios a la
humanidad, cómo la siente, y cómo nos ve a nosotros y cómo nos
siente? Nosotros los cristianos tenemos una guía cierta para conocer
cómo es la mirada y los sentimientos de Dios, porque nos lo ha
revelado Jesucristo. Jesús de Nazareth nos muestra el verdadero
rostro de Dios, y este rostro es el de un Dios que nos mira con el
amor de un Padre cercano, que nos ama con locura y que quiere
compartir con nosotros su vida. En esto consiste el fundamento de
nuestra fe, es necesario que comprendamos y creamos esto antes de
nada. Si yo realmente creo y acepto que Dios es un Padre que me quiere
me será mucho más fácil querer y aceptar a los demás, porque los
demás son mis hermanos. En el amor que Dios tiene por cada uno de
nosotros está la fuente de la que brota nuestro amor por los demás.
Y si queremos saber si amamos como Dios nos ama, la mejor prueba es
comprobar si nuestro amor es como el de Cristo: amor que cura, que
sana, amor que se compadece, que ayuda, amor que no oprime, amor que
comprende, amor dispuesto siempre a salvar a la persona, amor que
sirve. Hoy la liturgia nos muestra la imagen del Buen Pastor para que
comprendamos como es ése amor de Dios. El amor de un pastor que busca
la oveja descarriada, que espera a la perdida, que cura a la herida y
fortalece a la enferma, un amor tan grande que es capaz de dar la vida
por sus ovejas.
A nosotros nos corresponde dejarnos guiar por este Buen Pastor que
es Cristo, aceptarle, comprender que con El estamos a salvo, escuchar
su voz, dar-le nuestra completa adhesión, porque sabemos que aunque
caminemos por ca-ñadas oscuras El está siempre a nuestro lado, El
nos lleva hacia verdes pastos y fuentes cristalinas donde calmar
nuestra hambre y nuestra sed.
Y hoy decimos desde el fondo de nuestro corazón: Tú eres Señor,
mi Pastor, contigo nada me puede faltar.
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