3º Dom. Pascua, 4-05-2003   

         El relato pascual de los discípulos de Emaús es uno de los más conocidos, quizás porque refleja muy bien la situación real de aquellos discípulos enfrentados al acontecimiento de la muerte y resurrección de Jesús. Una situación que muy bien puede parecerse a la nuestra. Aquellos discípulos habían visto morir cruelmente a su Maestro, aquello había supuesto el final de todas las expectativas que habían puesto en El. Atemorizados, fracasados, tristes, vuelven de Jerusalén a sus casas. Es cierto que han oído hablar a algunas mujeres del grupo que seguía a Jesús diciendo que lo han visto vivo, pero a estas alturas ¿quién va a creer a esas mujeres?, ¿quién va a creer semejante barbaridad?, ¡habían puesto tantas esperanzas en el Maestro!, ahora todo se viene abajo, de vuelta a la rutina de siempre, a la tristeza y a la desesperanza, todo sigue igual, no hay posibilidad de cambio, tenemos que seguir soportando la opresión de los romanos, las injusticias, la pobreza, la explotación.

Aquellos discípulos de Emaús tuvieron la misma experiencia que podemos tener muchos de nosotros. Hubo un tiempo en que nos interesamos por Jesucristo, pero estamos un poco de vuelta de todo, todavía mantenemos algo de fe, pero esa fe apenas incide ya en nuestras vidas; venimos a misa, pero muchas veces se convierte en un rito más, en una costumbre más. Hubo un tiempo en que creímos que podíamos cambiar nosotros y el mundo, pero ahora nos conformamos con alguna que otra limosna que a regañadientes damos cuando nos lo solicitan las campañas de la Iglesia y con que nadie se meta con nosotros. Y así durante mucho tiempo la tristeza se ha instalado en nuestro corazón.

Esta es la situación nuestra y la de aquellos primeros discípulos. Pero aquellos discípulos salieron de ella gracias a la intervención del Resucitado. La pregunta es ¿cómo podremos hoy encontrarnos con el Resucitado? ¿dónde encontrar la ilusión, la paz y la alegría que nos permitan vivir felices?. Siguiendo el relato evangélico, el Resucitado invita a sus discípulos a reconocerle en las heridas que le produjeron aquellos que rechazaron su estilo de vida. Hoy también se nos invita a reconocer al Resucitado en las heridas de todos aquellos que luchan por un mundo mejor, en las víctimas de los poderes de este mundo. En todas esas personas que día a día dan lo mejor de sí mismos en favor de los demás, que aguantan todo por amor. Ahí está vibrando la presencia del Resucitado... Y después de éste reconocimiento, Jesús les dijo: ¿Tenéis ahí algo de comer?. Es la misma pregunta que millones de seres humanos hambrientos nos dirigen día tras día a nosotros: ¿Tenéis algo de comer?. El evangelio nos dice que aquellos discípulos después de compartir con el Señor un trozo de pez asado se les abrió el entendimiento y comprendieron. Si nosotros somos capaces de compartir no sólo lo que nos sobra, sino también lo que nos es necesario, entonces quizás también se nos abra el entendimiento y comprendamos. Quizás entonces también a nosotros se nos caiga la carne enferma y nos brote la carne sana, como decía el profeta. Quizás entonces podamos sentir en nuestro corazón la verdadera paz, la paz que el Resucitado nos desea a todos, la paz que brota de haber hecho un poco de justicia y haber tenido misericordia con nuestros hermanos.

Que el Espíritu del Señor Resucitado nos ayude a cambiar en nuestra vida aquellas actitudes que nos impiden tener paz y alegría, para que podamos proclamar a todos que en Cristo está la salvación.

Y es a este Dios al que hoy se nos pide que demos nuestra confianza, es a este Dios al que hoy se nos pide que abramos nuestro corazón, que empecemos por conocerle más, por apreciarle más. Y es aquí en la comunidad de sus seguidores, en esta comunidad real de sus discípulos, con sus luces y sus sombras, con sus buenas y malas obras, donde se nos invita a descubrirle y a seguirle. Juntos, soportándonos unos a otros, con un mismo pensamiento y sentimiento de agradecimiento, con un mismo afán por compartir nuestros bienes y solidarizarnos con los que no tienen nada.

Dichosos nosotros si dejamos a Dios ser Dios, dichosos nosotros si abrimos nuestro corazón, dichosos nosotros si confiamos en Dios y en todos los que nos han testimoniado su fe en El a lo largo de los siglos. Que la alegría y la paz del Señor resucitado nos colme ahora y siempre.