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Conciencia de lo que valgo, de mi dignidad: soy
hijo de Dios. Me ayuda a estimarme y valorarme.
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Alegría de saber que Dios es mi Padre y que me
quiere.
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Confianza para ir por la vida: Si Dios es mi
Padre y me quiere, él cuida de mí.
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La amistad con Dios y la posibilidad de acudir a
él para desahogarme.
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Tener a Jesucristo como amigo y como hermano
mayor.
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Hablar con Jesucristo y contarle hasta lo que no
le cuento a nadie.
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La alegría de saber que Dios Padre y Jesucristo
siempre me comprenden, me perdonan y me ofrecen nuevas
oportunidades.
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Tener a Jesucristo como modelo de persona e ideal
de vida.
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Me ayuda para no hacer lo que me venga en gana y
para pensar lo que me es más conveniente, lo que está bien y lo
que está mal, lo que debo hacer y lo que no debo hacer.
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Me da fuerzas para hacer el bien.
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Me da la alegría de disfrutar del mundo (el sol,
el agua, el aire, el cuerpo, las plantas, los amigos, etc...)
sabiendo que es una creación de Dios pensada y realizada como un
regalo de su amor.
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Poder recurrir a Dios y a Jesucristo en los
momentos difíciles de la vida.
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La certeza de que yo no acabo al morir. La muerte
no es la última realidad.
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La certeza de que el mal, la injusticia, la
mentira, la miseria, el egoísmo..., no durarán para siempre.
Jesucristo los ha vencido.
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La convicción de que el amor es lo más valioso
porque Dios es amor. Por eso lucho contra mi egoísmo.
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Mirar y ver a los demás como personas e hijos e
hijas de Dios y reconocer su dignidad, su misterio y su grandeza.
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Sentimientos de solidaridad con los demás.
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Preocupación y sufrimiento por la injusticia que
hay en el mundo y por los pobres.
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Me anima a ser trabajador y a esforzarme,
sabiendo que todo sacrificio tiene su fruto.
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Vivir ilusionado con la esperanza de superarme y
crecer.