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CINCUENTA
y tres citas o referencias a los textos del Vaticano II y treinta y tres a
encíclicas y otros pronunciamientos de Juan Pablo II avalan la declaración
Dominus Jesus (El Señor Jesús). El documento ha sido
presentado en público el pasado 5 del presente mes. Emana de la Congregación
para la Doctrina de la Fe y lleva la firma y la impronta intelectual del
cardenal Prefecto de este organismo de la Santa Sede, Joseph Ratzinger. Como
es habitual cuando se trata de documentos importantes de esta congregación
romana, una apostilla al final del texto certifica que el Papa ratificó y
confirmó su contenido «con ciencia cierta y con su autoridad apostólica»
en el curso de la audiencia que mantuvo con el citado cardenal Prefecto. La
fórmula utilizada no contiene ninguna novedad; es también la habitual en
otros casos semejantes. Y hay que subrayarlo porque algunos medios de
comunicación social se han apresurado a decir con evidente exageración que
el documento expone la doctrina de «forma infalible». No es cierto. Se
trata de una mera, aunque importante, 'declaración' y el papel representado
en esta ocasión por el Papa se limita a ratificar y confirmar un texto de
la Congregación para la Doctrina de la Fe en una audiencia particular. No
son éstos los modos previstos por la legislación de la Iglesia para
expresar infaliblemente una doctrina. Las
reacciones que la declaración está motivando en los medios cristianos no
católicos e incluso en los ambientes judíos y musulmanes, son poco benévolas.
También en el interior de la Iglesia Católica se están alzando algunas
voces de contestación y es de prever que serán aún mayores y más críticas
en los días sucesivos. Para muchos católicos de a pie, la declaración
representa un paso atrás en relación a lo que comúnmente se entiende como
postura y espíritu del Vaticano II. La abrumadora abundancia de citas
conciliares no logra desalojar la impresión de que en el texto de la
Congregación «no está el concilio»; y al contrario de lo que ocurrió
con la asamblea conciliar, impulsora de optimismos y de confianzas, la
presente declaración cubre de vergüenza y de sonrojo a más de un
creyente. Son muchos, por lo que parece, los católicos que se sienten muy
incómodos. Roma
hace pública esta declaración para salir al paso de errores y de
desviaciones doctrinales que cree detectar en dos medios concretos: en los
estudios doctrinales, novedosos y originales, de los teólogos asiáticos,
con una cierta prolongación en las Iglesias de África; y en las vivencias
religiosas de los cristianos de Europa, sean éstos protestantes, anglicanos
o católicos. La voluntad de caminar hacia el acercamiento de posiciones
espirituales, teológicas y pastorales entre los cristianos del Viejo
Continente al objeto de superar las divisiones que se han ido produciendo
frecuentemente por causas políticas a lo largo de los siglos en el interior
del cristianismo, está dando lugar, según la declaración, a minimizar las
diferencias existentes entre las diversas confesiones de fe. Por lo que hace
a una nueva teología asiática, Roma entiende que se está procediendo,
consciente o inconscientemente, a un vaciamiento de contenidos esenciales
del cristianismo con las miras puestas en posibilitar el diálogo con las
grandes religiones del hinduismo y del budismo. En África, por su parte, se
persigue el diálogo con las religiones tradicionales, las que anteriormente
se calificaban con no total acierto de 'animistas'. Frente
a estas desviaciones y aun errores, la declaración quiere dejar claros
muchos capítulos; pero como al mismo tiempo pretende no descalificar del
todo ni al movimiento ecuménico o de reunificación de todos los
cristianos, ni al valor o contenido salvador de las religiones
no-cristianas, la exposición se mueve en un tira y afloja que causa un mal
sabor de boca. Se muestra firme y segura cuando reafirma la doctrina
tradicional; condescendiente pero sólo condescendiente cuando destaca
valores y logros de las comunidades no católicas y de las religiones no
cristianas. La
nueva teología asiática no recibirá de buen grado la distinción entre fe
y creencia que exige la declaración; ni la afirmación rotunda de que sólo
las páginas del Antiguo y del Nuevo Testamento merecen ser tenidas como
inspiradas por Dios. Menos aún admitirá fácilmente que los tesoros de la
sabiduría religiosa de los sistemas religiosos asiáticos son simples
expresiones de experiencias religiosas subjetivas. La encíclica Redemptoris
Missio de Juan Pablo II, del año 1990, trató de contener la marcha de
esa teología. En vano, sin embargo. La celebración del Sínodo especial
sobre la Iglesia en Asia, del año 1998, con participación de hasta 180
cardenales y obispos de aquel continente, puso de manifiesto a los ojos de
Roma que el mal de esa nueva teología, y a juzgar por algunas
intervenciones en el aula sinodal, estaba ya muy expandido. La posterior
desautorización de los libros del jesuita indio Anthony de Melo, a los diez
años de muerto, trató de ser otro toque de atención en ese mismo sentido.
Ahora, con la declaración Dominus Jesus, se vuelve a la carga. Pero,
¿conseguirá el objetivo que persigue de hacer entrar en razón a los teólogos
asiáticos? Hay
razones muy graves para pensar que no. Porque, al entender de la nueva
teología asiática, la gracia salvadora de Dios está detrás de la fe
propiamente dicha y está también detrás de las creencias; porque la
inspiración total y plenaria de la Biblia no invalida que haya otras
inspiraciones parciales, igualmente salvadoras, en otros libros tenidos por
sagrados; porque las experiencias religiosas subjetivas están animadas por
el Dios de la salvación a pesar de las debilidades de cada sujeto. Más
arriesgado le resultará a esa nueva teología distanciarse de la que expone
la declaración a propósito de la mediación única y singular de Cristo en
orden a la salvación de los hombres; pero también la declaración lo tiene
muy crudo porque lo que se pone hoy en cuarentena es el mismo concepto de la
necesidad de una mediación sin la que no sería posible la acción
salvadora de Dios. Por
lo que hace a las comunidades de protestantes y anglicanos, la declaración
se niega a reconocerles la condición de Iglesias propiamente dichas a pesar
de su fe en Jesucristo y de la recepción del sacramento del bautismo.
Interrumpieron en su día la sucesión apostólica histórica y, en
consecuencia, ni su episcopado es válido, ni lo es su celebración de la
Eucaristía, lo que por ventura no ocurre y la declaración lo subraya con
las Iglesias ortodoxas, no obstante su rechazo de la primacía pontificia.
¡La que se va a armar va a ser buena! Porque protestantes y anglicanos
entienden que su condición de Iglesias se fundamenta en la profesión de la
fe en Jesucristo salvador, en el anuncio del Evangelio y en la celebración
de los sacramentos. Son éstos, a su entender, los elementos esenciales o
necesarios, pero también los suficientes. En
línea más general, la declaración se eleva contra la idea tan
generalizada hoy de que todas las religiones son igualmente válidas con tal
de que el creyente siga la suya propia con autenticidad y buena fe. También
trata de desautorizar la postura de los que aceptan un cristianismo 'a la
carta', es decir, que reciben del Evangelio lo que les resulta válido para
sus vidas y marginan, por insignificantes para ellos, otros contenidos del
Mensaje de Jesús. Que la Iglesia tenga que esforzarse por acercar a todo
hombre la Buena Nueva de Jesucristo en su totalidad, no ha de ser obstáculo
para seguir afirmando y hoy más que nunca que su cometido en el mundo, al
igual que el de Jesús, es servicial. La Iglesia tiene que ofrecer a la
libertad de cada cual el contenido de una fe que no se impone, sino que
sirve para que el hombre sea más plenamente hombre y el mundo más
habitable por más humano.
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