Oración 2

Orando con la Biblia:

 

1º Leemos los textos bíblicos:

-Luc 2, 1-7: No hubo para ellos sitio en la posada

-Flp 2, 1-11: Se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.

2º Meditamos en silencio con ayuda del texto de Carlos Mestre y escribimos lo que nos sugiere.

3º Ponemos en común lo meditado

4º Hacemos un rato de oración ante el Señor:

  • Pido al Señor que me ayude a hacer esta oración.

  • Releo los textos bíblicos y trato de identificarme con las actitudes de María y Jesús (humildad, sencillez, rebajamiento...). Imagino la vida de los emigrantes que no son acogidos.

  • Pongo en manos de Dios mis deseos, mis temores, mis dudas. Estoy en buenas manos. El sabrá guiar mis pasos.

  • Intento comprometerme en algo que la Palabra de Dios me haya sugerido

  • Rezo muy despacio un Padrenuestro y una Avemaría.

5º Doy gracias a Dios por lo que tengo, por las personas que me acogen y me abren su corazón y sus casas.

 

 

Textos:

Lc 2, 1-7

Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento.

Flp 2, 1-11

Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa.Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.

 

Texto sobre María

Ser del pueblo de Dios significaba ser del pueblo pobre y vivir sus problemas. María era del pueblo pobre no como quien baja de un alto trono para dar una pequeña ayuda o limosna a los pobres que están abajo. Vivía la misma vida de todos. No era rica no poderosa, sino pobre; casada con un muchacho pobre, José, emigrante o hijo de emigrantes. Tenía un hijo pobre, Jesús, que carecía hasta de un hogar para reclinar la cabeza. Para unos pobres como ellos no había lugar en las posadas.

Pero hay pobres que, a pesar de serlo, están del lado de los ricos y poderosos, despreciando a sus compañeros. María no era así. Su cántico en casa de Isabel muestra muy bien de qué lado quiso quedarse: del lado de los humildes (Lc 1, 52), de los que pasan hambre (Lc 1,53). Para María, ser del pueblo de Dios significaba vivir una vida pobre y asumir la causa de los pobres, que es la causa de la justicia y la liberación. Estas cosas pueden chocar a los ricos y a los poderosos, que gustan de ir tras las andas de Nuestra Señora, llevadas por el pueblo humilde. Pero ésta es la verdad. Si alguien no lo cree, de una ojeada al cántico de María (Lc 1, 46-55).

Por fin, María era del pueblo porque llevaba en sí misma la esperanza de todos, la misma fe y el mismo amor. Todo el pasado desde Abraham, corría por su sangre y la empujaba a actuar.

Carlos Mestres