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Recuerdos de escuela
E1 escritor italiano Giovanni Mosca ponía estas palabras al comienzo de un bello y poco conocido libro escrito a mediados del siglo que ahora termina, cuyo título original, "Riccordi di Scuo1a", he querido poner al frente de estas pocas líneas evocadoras de lo que fueron las escuelas y la educación por tierras campurrianas hasta hace no más de un par de generaciones.
No sería honesto pretender destruir esos amables recuerdos, tramados sobre un justo sentimiento de gratitud y de limitado orgullo, pero no menos legítimo ha de resultar traer a la memoria algunos datos reales y objetivos de lo que fue una escuela plagada de claroscuros, en la que las situaciones más sombrías alternaban con los destellos de unas voluntades abnegadas de celo educador. Esta escuela, por más que perdure en la memoria, se ha esfumado sumida en la realidad actual más contundente: la educación lleva ahora otros derroteros, y aun los edificios que albergaran aquellas escuelas de otros tiempos han sufrido readaptaciones con frecuencia drásticas que los hacen irreconocibles cuando no han desaparecido sencillamente.
UN MUNDO RURAL
La escuela que queremos evocar aquí corresponde a una sociedad netamente distinta de la actual, que, lo mismo en Campoo que en tantas otras comarcas españolas, se caracterizaba por ser fundamentalmente rural tanto en sus modos de producción como en sus formas de vida. Una sociedad que se dedicaba básicamente a la agricultura y a la ganadería, y que residía en pequeños núcleos de población, pueblos y aldeas, con las posiciones y los cometidos sociales y profesionales (status y roles) muy definidos. El contrapunto de un limitado núcleo industrial y del desarrollo de la ciudad de Reinosa no hace sino destacar la base social, cultural y económica impregnada de ruralismo básico. En este tiempo de nuestros recuerdos había una escuela en cada pueblo, o, lo que es lo mismo, cada pueblo tenía su escuela. Convendría subrayar esto último, que nos da a entender la tupida red de escuelitas que se extendían por doquier. En 1965 había en todo el término municipal de Valderredible 53 escuelas, la mayor parte de un solo maestro; hoy se mantiene a duras penas una sola con cuatro unidades escolares, en la cabeza del Ayuntamiento, Polientes, No había autobuses escolares: la escuela estaba cerca, aunque hubiera que andar para llegar a ella desde algunos barrios distancias habitualmente razonables en el género de vida de la época. La escuela, por tanto, participaba de la condición rural: se trataba de una escuela pequeña, adaptada al escaso número de niños que podía proporcionar una población igualmente pequeña, a pesar de las altas tasas de natalidad de aquellos tiempos. El edificio no se diferenciaba en lo esencial de los restantes del pueblo; identificar algunos de ellos en la actualidad por su aspecto puede resultar tarea harto difícil, y sólo algunas lápidas o inscripciones, que el tiempo y la desidia van borrando, ayudan relativamente al reconocimiento. Aún así, en los casos de mayor antigüedad nada garantiza que el edificio fuera levantado en su momento para un expreso fin escolar: alguna inscripción no aporta más datos que una vaga fecha de construcción (como la que se descubre, a duras penas, en la casa que albergara la antigua escuela de Villar), y con anterioridad a los planes de construcciones escolares del segundo cuarto del siglo XX la casa-escuela, que tanto servía de aula como de vivienda del maestro, contaba con cuadra y corral como las restantes del pueblo. El maestro o la maestra residían por lo general en el mismo, y no era infrecuente que, si bien su origen pudiera ser forastero, acabaran echando raíces, por casamiento o por mera persistencia, entre el vecindario. Los medios materiales no podían ser ajenos a los comunes del mundo rural, desde las mas primarias instalaciones (iluminación, calefacción, saneamiento) a las dotaciones didácticas mas estrictas: los libros de texto y de lectura se limitaban a emplear recursos extraídos del entorno más inmediato. Hasta los planes de estudios de la década de los años sesenta, los maestros que se formaban en las Escuelas de Magisterio habían de cursar una asignatura ciertamente significativa a este respecto: Agricultura. La escuela proporcionaba, en definitiva, lo que la sociedad rural pedía, y prácticamente nada más: leer, escribir, las cuatro reglas de cálculo, el catecismo y algo de Geografía y de Historia de España. Pocos documentos pueden retratar mejor el mundo rural de la mitad del último siglo que la famosa Enciclopedia Álvarez, ahora reeditada para curiosidad de nostálgicos.
UNA ESCUELA A ESCALA HUMANA
Puede resultar extraño que hablemos siempre de maestros, en masculino, cuando sabemos que la profesión docente está fuertemente feminizada, y que las maestras son mayoría en los niveles primarios frente a SUS compañeros del sexo opuesto. Pero esto no era así en siglos pasados, especialmente por dos motivos: por una parte el trabajo de la mujer fuera del hogar era, en general, muy poco frecuente, y, por otra, tampoco parecía existir una necesidad social de que las niñas aprendieran en la escuela algo que no fuera las tareas domésticas o los deberes de la buena esposa y madre.
En esta escuela el niño era el contrapunto ineludible del maestro, y por eso los recuerdos escolares de esa época son, sobre todo, recuerdos de un determinado maestro o maestra, que hacía las veces no sólo de profesor (nunca los maestros gustaron de este término. y menos aún de los de docente o enseñante), sino también de tutor y de orientador. Con él guardaba el niño una relación que duraba toda la infancia y que se mantenía todas las horas del día sin distinción de grados y materias. No existían los trámites burocráticos que hoy llamarnos escolarización, ni tampoco una edad ni un tiempo precisos para entrar en la escuela. En cualquier caso, ir por primera vez a la escuela constituía para los niños de nuestros pueblos un momento notabilísimo en sus vidas, que les proporcionaba el orgullo y la preocupación de asumir nuevas responsabilidades ante la familia y ante la totalidad de sus convecinos. Pero no eran situaciones dramáticas, ni había lloros ni angustias maternales: los camaradas y el propio maestro se encargaban de atender al neófito, haciendo buena esa acertada definición de que ser niño es darla mano a alguien. Y otro tanto ocurría con la salida: no se buscaban títulos ni certificaciones, y los adolescentes dejaban espontáneamente de ir a la escuela cuando habían aprendido lo que sus padres consideraban suficiente y cuando eran necesarios para las tareas domésticas o agrarias.
TIEMPOS DE SENCILLEZ, POBREZA DE MEDIOS
Poco más se podía hacer. La sociedad rural no demandaba otra cosa de la escuela, porque para "estudiar" estaban los colegios de frailes o de monjas en Reinosa, el Instituto en la capital, o el Seminario, previo paso por la rectoral del Arciprestazgo. Los medios no daban mas de sí: ni la beneficencia de los Posibles fundadores, ni la asignación de los Ayuntamientos o del Estado cuando llegaba, eran suficientes para adquirir más que unos cuantos libros de lectura y cuadernos, tiza y tinta, y, de tarde en tarde, algún mapa o lámina didáctica. A las familias, por su parte, les tocaba adquirir la pizarra con sus pizarrines, cuadernos, palillero y plumines, lápiz y goma de borrar, el catón o la enciclopedia del grado correspondiente (elemental, medio o superior), y el catecismo (Astete o Ripalda). Fruto de algún regalo. algunos afortunados podían llegar a poseer un plumier, una cartera o un cabás en los que guardar tan escasos útiles de trabajo.
Este pueblo sostiene una escuela incompleta que regenta don Manuel Martínez Rubi, vecino de él y natural de Reinosa, con título. Carece de reglamento, de matrícula y de diario de asistencia. Y enseña Doctrina, Lectura, Escritura y las cuatro reglas de la Aritmética,, sin sujeción a método alguno, y de consiguiente con imperfección. El local es la casa del Ayuntamiento, que sirve también para cárcel, ventilado y, bastante capaz, pero sin más menaje que una mesa para el maestro, dos para los niños en muy mal estado y, los bancos fijos que circundan el perímetro. Se educan en é132 niños y 10 niñas, de quienes recibe el maestro 900 reales en retribuciones, además de otros 200 que le paga el Ayuntamiento, de los fondos comunes. Si mala nos parece esta Situación, no era ni mucho menos la peor. Como muestra la de Loma Somera: Suele tener escuela cuatro meses en invierno, pagando 16 reales a un temporero; por parte se obliga cierto número de niños a ir a la escuela, y, cada uno paga mensualmente un pan, con un real si es lector, dos si escribe y dos y medio si cuenta. Además de esto es obligación del maestro enseñar la doctrina a los vecinos y habitantes adultos del pueblo; a cuyo fin, después de la cena y a toque de campana concurren a la escuela todas las noches por espacio de dos meses; y, por esta enseñanza recibe el maestro medio celemín de maíz por cada vecino, lo que podrá ascender a quince o diez y seis celemines. Local, la casa de concejo, sin más menaje que una mesa donde pueden escribir cuatro niños, y los bancos fijos del perímetro. O esta otra de Cañeda, aparentemente mejor dotada:
Pero no esperemos que la capital del partido judicial quede mejor parada: El local es mezquino, situado en piso bajo, y la gente de la calle, asomándose a las ventanas para ver lo que pasa en la escuela, causa una continua distracción a los niños. Y, tras dar algunas indicaciones al Ayuntamiento para la construcción de un edificio nuevo y, al maestro para mejorar su forma de enseñar, acaba con estas advertencias, de tanto interés aún en la actualidad: Pero lo que, sobre todo, hace falta en la escuela de niños de Reinosa es un reglamento interior, a cuya observancia queden obligados los padres de los niños como los maestros; sólo así podrán éstos adoptar un sistema para el arreglo general de la escuela sin ser perturbados por el capricho de un particular; y no de otro modo conservaran el ascendiente que deben tener sobre sus discípulos, que la hinchazón de algunos caciques les hace perder con frecuencia.
MIRAR HACIA ATRÁS Y HACIA ADELANTE
Solamente podemos aventurar algunos contrastes entre ambas situaciones, señalando algunos de sus rasgos más característicos: Tenemos ahora un sistema educativo casi absolutamente dependiente de los poderes públicos, que han asumido, a través de las distintas administraciones, el compromiso de proporcionar la educación como un servicio público a la sociedad bajo unos principios de igualdad de oportunidades, planificación, compensación de desigualdades sociales y económicas, obligatoriedad, profesionalización. participación social y mejora continua de la calidad. Tanto por estos planteamientos como por la evolución de la propia sociedad y de sus formas de vida, la educación se ha hecho más compleja, y las escuelas se han alejado física y humanamente de las poblaciones a la vez que han ampliado los mecanismos de participación social.
En el maestro deben concurrir todas las circunstancias de ser cristiano viejo, sin mezcla de mala sangre u otra secta, honrado, de buena vida y costumbres, que sepa bien la Doctrina Cristiana .y sea perito en las demás artes de Leer, Escribir y Contar. Por su parte, a los alumnos no se les exige sino: Rezar hincados de rodillas y en voz alta una salve a la Concepción Inmaculada de María Santísima Nuestra Señora por el feliz estado de la Santa Madre Iglesia y de la Monarquía Española, salud e incrementos espirituales, y temporales de estos Reynos de la América, especialmente de la ciudad de Durango, capital del Reyno de Nueva Vizcaya. Por más que convenga mantener vivo el recuerdo de esta escuela, la nostalgia no debe engañarnos: esta escuela ha sido felizmente superada, y hoy ha desaparecido, por fortuna, no ya el panorama descrito por don José Arce Bodega a mediados del siglo XIX, sino también el más reciente presentado por este otro don José, el Duende de Campoo, con cuya cita concluimos en homenaje al centenario de su nacimiento. El primer capítulo del segundo tomo de las Estampas Campurrianas lleva por título Mi escuela de primeras letras, y contiene unas cuantos pasajes tan expresivos como éstos: ... aquel otro vetusto caserón de planta rectangular
y firma achaparrada, de cuatro vertientes en el tejado y con falta
de muchas tejas, de puerta de una sola hoja, y ésta desvencijada,
arrastrándose malamente sobre un quicio roñoso y desgastado, con pocas
ventanas y mal distribuidas, que sirvió durante muchos años, y acaso
siglos, de único centro docente a todas las personas de uno y otro
sexo que, en el pueblo, aprendieron a leer mal, a escribir sin ortografía,
a contar por los dedos y a recitar de corrido el catecismo del padre
Astete. |
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1999, Jose L Lopez