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Aras romanas
de Campoo y Valdeolea Uno de los períodos históricos más célebres para las comarcas del sur de Cantabria, en especial para Campoo, es el correspondiente a la conquista y dominación romana. No es de extrañar, por tanto, que sea posiblemente este período el que ha dejado la huella más profunda y específica en el patrimonio arqueológico de la zona, donde destacan las ruinas de Julióbriga, conservadas en Retortillo. Las citas de los autores grecolatinos y la concentración de restos arqueológicos reflejan el protagonismo que tuvo Campoo y su entorno geográfico más próximo dentro de la Cantabria romana, especialmente durante la ofensiva militar, dirigida por Augusto, y en las primeras décadas del siglo I, en que se hizo efectivo el control romano. Aunque de forma un tanto indirecta e imprecisa, las primeras referencias literarias de que disponemos sobre los cantabros se refieren precisamente a esta zona, por ser en ella donde nace el Ebro. Así, Catón el Viejo, mucho antes de que Cantabria fuera incorporada al Imperio romano, a mediados del siglo II a. C., en su obra Orígenes (VII), menciona el río Ebro, grande y bello, nos dice, rico en peces, que nace en la región de los cántabros, En épocas posteriores, el nacimiento del Ebro seguirá siendo uno de los accidentes geográficos más destacados por los clásicos cuando se refieren a la región donde habitan los cántabros; así lo hacen, entre otros, Estrabón (III,4,6), Ptolomeo (II, 6, 16) y Plinio el Viejo (NH, IV, 110-111), este último utilizando la expresión latina fontes Iberi, que ha dado lugar al topónimo actual de Fontibre. La importancia del Ebro y su papel como eje de comunicación fundamental en la Hispania romana explican el interés de los historiadores y geógrafos por indicar su lugar de origen en las montañas de Cantabria, ya desde los primeros tiempos de la presencia romana en la Península Ibérica. Pero la comarca de Campoo, en esta época, no sólo debe su fama al nacimiento del Ebro. Entre los años 26 y 25 a. C., tuvieron lugar en ella algunos de los episodios militares más renombrados de las Guerras Cántabras, entre los que destaca la toma de Aracillum, que la mayoría de los investigadores modernos identifica con Aradillos, al norte de Reinosa, cerca de donde nace el Besaya. Una vez terminada la contienda, la misma zona que había sido escenario de los acontecimientos bélicos fue la elegida por Augusto para fundar la ciudad de Julióbriga, destinada a ejercer un control administrativo sobre las poblaciones vecinas y desempeñar, en definitiva, un papel destacado dentro del territorio cantabro recién anexionado a Roma. Si la geografía física, los nombres de algunas ciudades o comunidades indígenas y los hechos militares aparecen recogidos en las obras de los autores antiguos, otros aspectos relacionados con la sociedad, como son las creencias religiosas, resultan difíciles de rastrear en los textos literarios. Acerca de este tema, prácticamente sólo disponemos de la información que nos transmite Estrabón, a comienzos del siglo I. En su descripción, de carácter etnográfico, sobre los pueblos del norte de la Península Ibérica, menciona el culto a un dios de la guerra, asimilado a Ares: "Sacrifican a Ares machos cabríos, prisioneros y también caballos. Hacen hecatombes de cada especie al modo griego, tal como dice Píndaro: «de todo sacrifican en número de cien»" (III, 3, 7). La mención de estas costumbres, compartidas, según el geógrafo griego, por todos los pueblos "montañeses" que se extienden desde la zona galaica hasta el Pirineo, en cierto modo se contradice con otra cita en la que el mismo autor afirma: "Algunos dicen que los galaicos no tienen dioses y que los celtiberos y sus vecinos por el norte dan culto a un dios sin nombre en las noches de plenilunio, fuera de sus pueblos, haciendo bailes en círculos y fiestas nocturnas con sus familias" (III, 4, 16). Para completar los datos de Estrabón, excesivamente genéricos y limitados a la época en la que escribe, hemos de recurrir a otras fuentes de información, como son las inscripciones de contenido religioso, realizadas, por lo común, sobre un tipo particular de soporte: las aras o altares. El análisis de estos materiales nos permite averiguar aspectos que callan las obras literarias, como son el grado de asimilación de la religión romana en cada zona concreta, los nombres de las divinidades indígenas y la pervivencia o extinción de su culto como consecuencia de la romanización. Aunque pueden encontrarse sirviendo de monumentos funerarios o de otro tipo, en esencia, las aras romanas están íntimamente relacionadas con la religión. En principio, están concebidas como instrumentos de culto y, más exactamente, como soportes sobre los que se realizaban sacrificios, libaciones y ofrendas a los dioses, o bien donde se mantenía encendido el fuego sagrado. Muchas de ellas fueron erigidas por los fieles en cumplimiento de un voto a la divinidad, circunstancia que se suele hacer constar en la inscripción; esto demuestra que podían ser entendidas como ofrendas en sí mismas, carentes quizás de función práctica. El tamaño, forma y calidad de los ejemplares varía mucho, pero, a pesar de su diversidad, suelen ser monumentos fácilmente reconocibles, aún en estado fragmentario, dada su característica compartimentación en tres cuerpos y aspecto arquitectónico. En la zona objeto de nuestro estudio, hallamos cuatro piezas de esta clase, dos de ellas procedentes de Campoo, en concreto de Julióbriga, y las dos restantes localizadas en Valdeolea: una en Olea y la otra en Mata de Hoz. A continuación, ofrecemos la descripción y comentario de cada una de ellas.
FRAGMENTO
DE ARA A JÚPITER PROCEDENTE DE JULIÓBRIGA, Lamentablemente, sólo ha llegado a nosotros una pequeña porción de este ara, correspondiente a su ángulo superior derecho. El fragmento mide 57 cm de altura, 33 de anchura y 27 de grosor; la anchura originaria del soporte puede estimarse en unos 40 cm. Es de piedra arenisca, propia del lugar, blanda, de color pardo y grano grueso. Pese a la pobreza del material en que está realizada, debió de tratarse de un ara de cierto porte y clasicismo. El fragmento comprende una parte del cuerpo central, con el texto epigráfico incompleto, y la cabecera, formada por una franja de molduras, muy volada, y tímpano. En la cara superior se aprecian restos del focus, de apariencia cuadrangular; éste es un espacio rehundido, propio de las aras, que servía para el mantenimiento del fuego, el depósito de las ofrendas o el vertido de las libaciones. Del epígrafe sólo se distinguen las letras O y M, que nos permiten restituir, con la suficiente certeza, la siguiente expresión:
[I(ovi).] O(ptimo).
M(aximo)
El fragmento de ara que acabamos de describir apareció en 1983, con motivo de las excavaciones arqueológicas en Julióbriga, y fue publicado dos años más tarde por J. M. Iglesias (1). Se encontró en las proximidades de la pared del cementerio moderno. a su exterior, junto a la iglesia de Santa María, en Retortillo. Posiblemente había estado reutilizado en la necrópolis medieval que se localiza en esta zona, donde, en cotas más profundas yacen los restos del posible foro de la ciudad romana. Teniendo en cuenta las características monumentales del ara y el lugar concreto del hallazgo, es probable que tuviera relación con el gran edificio público subyacente a la iglesia románica, en el centro cívico de Juliobriga. La fragmentación del epígrafe nos impide confirmar esta hipótesis, pues desconocemos la naturaleza y nombre de los posibles dedicantes del monumento, que quizás figuraban en la parte perdida del texto. El edificio del foro, según los resultados de las últimas campañas de excavación arqueológica, se construyó durante la dinastía flavia, en el último tercio del siglo I (2). La inscripción puede datarse entre esas fechas y el siglo II.
ARA ANEPÍGRAFA DE JULIOBRIGA, CAMPOO DE ENMEDIO
Fue hallada en 1980 por Javier Riancho, durante las obras de reconstrucción de la ermita de San Miguel, en el ábside, en el lado del evangelio, entre el relleno que macizaba los costados del altar. Hoy en día, se conserva en el interior de la misma ermita. Se trata de un ara pequeña, de 45 cm de altura por 21 de anchura y 17 de grosor, realizada en piedra arenisca de color pardo-ocre y grano medio. Se compone de cabecera con moldura lisa, pulvini y foculus circular, de 8 cm de diámetro, en el coronamiento; cuerpo central, paralelepípedo, en cuya cara frontal se inserta el texto; y zócalo simple. Este ara fue publicada inmediatamente después de su hallazgo por J. González Echegaray y J. L. Casado Soto, y en los últimos años ha sido recogida en otros estudios (4). Las letras de la inscripción son toscas y desiguales, de 2 a 3,7 cm de altura. Se conservan muy desgastadas en las dos últimas líneas, lo que ha dado lugar a discrepancias en la interpretación del texto. Sobre este aspecto, remitimos al lector interesado a la bibliografía que se recoge en la nota anterior. Nuestra lectura es la que sigue:
Di(is). et. De-
Flavia Gentiana (lo dedicó) a los dioses y diosas de la asamblea de dioses. De acuerdo con esta interpretación, es una mujer de nombres latinos, Fla(via) Gent(i)ana, la que intenta contentar a los dioses en su conjunto dedicándoles un monumento. Sorprende la condición femenina de la dedicante, pues este tipo de manifestaciones religiosas, de carácter general, es más bien propia de militares y gentes ocupadas en el comercio o los negocios, según los ejemplos epigráficos de que disponemos en Germania y la propia Hispania (5).
ARA DEDICADA A JÚPITER, PROCEDENTE DE MATA DE HOZ, VALDEOLEA Se trata de una inscripción inédita hasta estos momentos, si bien su estudio detallado será publicado en breve (6). En estas líneas ofrecemos un avance del mismo, con la lectura y características más importantes de la pieza. J. M. Martínez González la descubrió en 1992, empotrada en el pavimento del jardín de una casa en Mata de Hoz, donde continúa hoy en día. Se conserva incompleta, con señales de haber sufrido una reutilización diferente de la actual, pues presenta la esquina inferior derecha recortada. Debió de tratarse de un ara de pequeñas dimensiones, poco mayor que la de Olea. El fragmento conservado mide 45 cm de altura, 30 de anchura y 13,5 de grosor, Esta última medida puede apreciarse sólo en el lado derecho del ara, gracias a que ésta forma un pequeño escalón en el pavimento. Está realizada con arenisca propia del lugar, dura, de grano medio y color pardo-rosáceo. El mismo tipo de piedra es característico de los términos augustales de separación entre los prados de la Legión IV y el territorio de Julióbriga, distribuidos por los municipios de Valdeolea y Valdeprado.
La escritura del texto es descuidada. Los renglones están torcidos y bastante pegados entre si, las letras son toscas, grabadas con un surco ancho y profundo. Se aprecian los golpes del cincel en algunos trazos, debido a la dureza de la piedra. En relación con el tamaño del ara las letras son demasiado grandes; su altura oscila de 5,2 a 8 cm. Se enlazan AM y AD, en la palabra Ambad(us), y AL, en A1(ius). Después de la palabra sacer, en la segunda línea, se aprecia un signo de puntuación poco frecuente, formado por dos puntos. La distribución de la inscripción en dos caras resulta extraña en este tipo de monumentos. No parece intencionada, sino resultado de un mal cálculo del espacio disponible en la cara frontal del ara, lo que acentúa su aspecto rústico. Proponemos la siguiente lectura del texto:
Iovi Consagrado a Júpiter,
lo dedicó
Los epígrafes que acabamos de presentar testimonian el culto a Júpiter y al conjunto de los dioses (conventus deorum), en las comarcas de Campoo y Valdeolea. En ambos casos, se trata de advocaciones romanas. La ausencia de divinidades indígenas no debe considerarse una prueba definitiva de su escaso arraigo en el sur de Cantabria, ya que son sólo tres los documentos epigráficos de que disponemos. No obstante, puede que tal ausencia no sea casual en una zona donde debió dejarse sentir la irradiación de la cultura romana a partir de dos focos: uno civil, la ciudad de Julióbriga, y otro militar, la presencia, al menos, de la Legión IV Macedónica, acampada en sus proximidades, durante buena parte de la primera mitad del siglo I. Las pruebas de su coexistencia han llegado a nosotros plasmadas en un conjunto de hitos que, con carácter oficial, marcaban la frontera entre el territorio dependiente de Julióbriga (ager) y el área asignada a la legión (prata) para su explotación agropecuaria o de otro tipo, realización de maniobras militares u otras misiones. Ciudad y ejército se conjugan de forma ejemplar en el territorio que estudiamos y, sin duda, fueron agentes importantes de romanización. Ahora bien, la mención de dioses romanos en los epígrafes, en particular Júpiter, no debe llevarnos a sobrevalorar la romanidad de la zona. En cierto modo, ocurre lo contrario. Hoy en día se admite que los ejemplos de culto a Júpiter, acompañado con frecuencia de los epítetos Optimus y Maximus, no son, frente a lo que pueda parecer en un primer momento, indicios seguros de un elevado grado de romanización (7). Por razones difíciles de concretar, el dios supremo del panteón romano fue asumido de forma especial por las gentes que habitaban en las regiones del noroeste de la Península Ibérica, donde la huella de Roma es menor. Disponemos de muchos ejemplos que lo indican, especialmente de la zona galaica. Se trata de aras muy toscas, dedicadas por personas de onomástica indígena, procedentes con frecuencia de ambientes rurales. Es posible que Júpiter, al ser el principal dios de los romanos y tener carácter oficial, fuera percibido en la zona septentrional de la provincia Tarraconense, incorporada en último lugar a la administración romana, como símbolo de la nueva situación política. Esto, unido a la amplitud de los poderes y funciones que se le atribuyen y al deseo de emular las costumbres del pueblo conquistador, puede explicar algunas dedicaciones. El reciente hallazgo de Mata de Hoz constituye un ejemplo muy significativo de este fenómeno de asimilación del culto a Júpiter en contextos indígenas. Al igual que el ara de Olea, no tiene relación probada con un núcleo de población urbano o de otra clase próximo al lugar del hallazgo. Es evidente que al tratarse, en ambos casos, de monumentos pequeños, con evidencias de haber sido reutilizados, debe preverse cierto desplazamiento con respecto a su emplazamiento originario, en la época romana. Aún teniendo en cuenta esta circunstancia, es posible explicar la localización geográfica de las aras de Olea y Mata de Hoz, entre las que median tan sólo unos tres kilómetros, en relación con la calzada romana que discurre por la zona. Nos referimos a la denominada "vía del Collado de Somahoz", un ramal de la calzada que unía las localidades romanas de Pisoraca (Herrera de Pisuerga) y Portus Blendium, posiblemente Suances, en la costa cántabra. Dicha vía partía de Mercadillo y conducía a través del Collado de Sornahoz y el valle del Saja hasta Puente San Miguel, donde entroncaba de nuevo con la ruta principal (8). No debemos olvidar que los márgenes de los caminos fueron uno de los lugares elegidos para la colocación de las aras romanas, quizás simplemente porque las vías eran elementos que destacaban en el paisaje, o bien por su carga simbólica, en relación con los peligros que entrañaba su tránsito. Otros emplazamientos frecuentes son la casa y los espacios públicos de la ciudad, de los que también tenemos ejemplos en Julióbriga. Así pues, las aras romanas de Campoo y Valdeolea son, en sí mismas y en relación con su contexto arqueológico, testimonios de carácter directo ilustrativos de las creencias y prácticas religiosas, una faceta de la historia antigua con frecuencia mal documentada y, de cualquier modo, como puede comprobarse en lo expuesto sobre Júpiter, difícil de valorar en su justa medida y significado. NOTAS (1) J. M. IGLESIAS GIL, Fragmento de ara a Júpiter de Julióbriga (Conventus Cluniensis), Ficheiro Epigráfico, 19, 1986, pp. 4-6, nº 86. La inscripción se encuentra también recogida en la publicación Hispania Epigraphica, 1, 1989, nº 219. (2) P. FERNÁNDEZ VEGA, Arquitectura y urbanística en la ciudad romana de Julióbriga, Santander, 1993, P. 158 ss. (3) J. R. VEGA DE LA TORRE, "Epigrafía del Museo de Santander," Sautuola, I, 1975, p. 228, nº 36, lám. VIII, 36. (4) J. GONZÁLEZ ECHEGARAY y J. L. CASADO SOTO, "Dos nuevas inscripciones romanas en Cantabria", Altamira, XLII, 1979-1980, pp. 239-240; J. R. VEGA DE LA TORRE, "La romanización", en M. A. García Guinea (dir.), Historia de Cantabria. Prehistoria. Edades Antigua y Media, Santander, 1985, p. 271; J. GONZÁLEZ ECHEGARAY, Los cántabros, Santander, 1986 (211 edición), p. 224, nº 102d; J. M. IGLESIAS GIL y J. A. MUÑIZ CASTRO, Las Comunicaciones en la Cantabria Romana, Santander, 1992, p. 120, fig. 32; Hispania Epígraphica, 3,1993, nº 150; J. MANGAS, "Conventus deorum y dei consentes", Gerión, 12, 1994, pp. 279-286. (5) Véase el estudio de J. Mangas que se cita en la nota anterior y el de M.-T. RAEPSAET-CHARLIER, DIIS DEABVSQVE SACRVM. Formulaire votif et datation dans les trois Gaules et les deux Germanies, Paris, 1993, pp. 41-42. (6) En prensa en Ficheiro Epigráfico, suplemento de la revista portuguesa Conimbriga, Universidad de Coimbra. (7)Véanse, entre otros trabajos: A. M. VÁZQUEZ HOYS, "El culto a Júpiter en Hispania", Cuadernos de Filología Clásica, vol. XVIII, 1983-1984, pp. 83-215; D. PLÁCIDO, "La conquista del norte de la península ibérica: sincretismo religioso y prácticas imperialistas, Mélanges Pierre Lévêque, 1 Religion, Paris, 1988, p. 231 ss. (8) J. M. IGLESIAS GIL y J. A. MUÑIZ CASTRO, Las Comunicaciones..., pp. 141-144. |
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1999, Jose L Lopez