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La
inconclusa obra artistica de Como todos sabemos, este año se cumplen cien años del fallecimiento del pintor campurriano Casimiro Sainz y Saiz. Varias instituciones se han unido para conmemorar tal efemérides y, sobre todo, para rescatar del olvido y desconocimiento a tan singular artista cántabro.
Pues bien, el hecho de que estas figuras artísticas emerjan por sus propios méritos, haría suponer que Cantabria contó con un buen soporte que hiciera germinar esta excelente nómina. Nada más alejado de la realidad. Antes al contrario, la tradición artística de la región es bien reciente, si se compara con otras regiones. Hemos de datar el inicio de esta tradición a mediados del siglo XIX. Y, además, el ambiente, la situación artística cántabra, no era especialmente proclive a ello. Queda demostrado en la casi ausencia de estamentos oficiales que alentaran y defendieran con tiempo y espacio tal faceta. Hay que esperar al siglo XX para encontrarnos con elementos que apoyen la formación de ambiente y tradición artística. Y son precisamente los artistas de la segunda mitad del siglo XIX, los que, por su auténtica vocación y por generación espontánea. sientan las auténticas bases de esa reciente tradición. A ella pertenece precisamente el pintor campurriano Casimiro Sainz y Saiz.
Su formación transcurre en Madrid, en la Escuela y en San Fernando. Entre otros maestros, tiene a Palmaroli, Haes y Gisbert. Sus primeros pasos son, pues, académicos, siguiendo los normales cánones. Sus problemas físicos y mentales condicionan e interrumpen su formación. Aun así, sabe que es en Madrid donde se forja un pintor. A este periodo pertenecen unos cuantos paisajes campurrianos, tal vez pintados en los veranos de los años de 1873 y 1874, estando en su Cantabria natal. Tienen la particularidad de haber creado un tipo repetido fielmente por otros pintores, por ejemplo. Manuel Salces. Entre los más relevantes, se conservan los de la Fundación M. Botín de Santander y el Museo de Bellas Artes de La Coruña, en depósito éste del Museo del Prado. Por encargo de esta pinacoteca. realiza dos retratos regios: el de Francisco de Asís Borbón, fiel copia de otro realizado por Federico de Madrazo: y el de Enrique IV, que pertenece a la famosa Serie Cronológica de los Reyes de España, compuesta por más de ochenta lienzos debidos a otros tantos pintores españoles, serie que muchos años antes había sido iniciada por el santanderino José de Madrazo.
Con Dama en el escritorio (1875) (colección particular burgalesa), Sainz camina decididamente hacia la galante pintura preciosista de interior, muy a lo Rosales, con el especial y sensual cuidado de las calidades de las telas, la captación de un preciso instante -la escritura de una secreta carta en la que la dama está absorta- y una iluminación más brillante, ya nos evidencian esta tendencia. Mayor avance se manifiesta en El escultor en su estudio (1876), con la escena de un anónimo colega artístico trabajando la cera roja; ya la luz, el tratamiento de las telas, objetos o muebles, nos indican fehacientemente la decidida postura estética de Sainz. Obra maestra de este periodo protopreciosista -entre 1874 y 1881-, es el famoso lienzo El descanso, estudio del pintor, ¿Qué Pensará? (1876), del Museo del Prado, con el que compareció a la Nacional de Bellas Artes en el año de su realización. La estancia se corresponde con el estudio de Vicente Palmaroli; al margen de algunos textos que así lo atestiguan, la alfombra que aparece en la obra está presente en alguna obra de Palmaroli, como El cómico. El cuidado de los detalles, la minuciosidad, la excelente y lograda iluminación lateral -de evidente referente en la pintura clásica holandesa- y la captación del instante cotidiano, magnifican una obra que obtuvo una Tercera Medalla. El artista que en la obra aparece puede ser su colega y amigo Eduardo Pelayo.
Durante estos años, Casimiro Sainz, seguramente en compañía de sus amigos y compañeros, recorre ciudades cercanas a Madrid: Toledo, Ávila, Soria o Segovia. En ellas encontraba lugares idóneos en donde inspirarse. La particular y cálida luz castellana era además perfecta para lo que quería o buscaba. Así, a este momento, corresponde Toledo (El Cigarral) (c. 1877), Ávila (c. 1877), La puerta de Alfonso VI en Toledo (1877), la Calle de la Virgen de Gracia de Toledo (1879) o la Calle de Santa Úrsula. Toledo (1879). Pero Madrid sigue siendo epicentro de su trabajo e inspiración. Hacia 1877 se observa además una sorprendente evolución en sus paisajes o, para ser más exactos, en su pintura de exterior, ya que a Sainz le preocupan aspectos parciales -raramente amplios o panorámicos- de la naturaleza. Con la inconclusa Vista de la Casa de Campo (c. 1877), quizás realizada desde el Palacio de Oriente, todavía se mantiene en ese relativo tardorromanticismo, que ya comienza a abandonar en Escena en un jardín (c. 1877) (colección particular de Madrid). A orillas del Manzanares (c. 1877), Río (c. 1887-1888) o Paisaje (c. 1887-1888) se adecuan ya a un nuevo concepto en Sainz, con una técnica más atractivamente fluida y, sobre todo, con una gran claridad lumínica, nuevamente en el camino preciosista del tratamiento del paisaje, pero hacia la modernidad.
Como vemos, fluctúa Casimiro Sainz entre una pintura preciosista y un naturalismo más moderno, en inestabilidad cambiante que quizás tenga mucho que ver con sus trastornos mentales, manteniendo, eso sí, altas cotas de calidad en todos los casos. Magnífica es la Dama en un jardín (1879) (Museo de La Coruña), en el primer concepto, junto a nuevamente Lavanderas (1879) y Lavanderas en el Manzanares (1879) de otras tantas colecciones particulares madrileñas, en el segundo.
El dominio lumínico -uno de los aspectos fundamentales en Sainz- alcanza mayor altura, si cabe, en las soberbias filtraciones de escenas inspiradas en El Retiro madrileño. Máximo ejemplo es El Retiro de Madrid (c. 1879-1880) (propiedad particular santanderina), cuyo boceto puede ser el que localizamos en el Museo Nacional de Arte de Cataluña titulado Parque en día de sol (c. 1879-1880), magnífica manifestación de una burguesa tarde primaveral, hacia el más pleno luminismo. Y, efectivamente, llegamos a sus obras magistrales, propias de un artista como pocos: El Cigarral de Toledo (c. 1879-1880), en manos privadas santanderinas, la Huerta (c. 1879-1880), del Museo Nacional de Arte de Barcelona. La cota máxima de su modernidad y valentía plástica, de su luminismo, apoyado en el gesto de ejecución, se puede admirar en Paisaje castellano (c. 18791880) (colección particular de Santander), su testamento artístico; y en El río y la Sierra de Guadarrama (c. 1879-1880) (colección particular de Madrid). En ellas, afirmar que Beruete o Sainz, Sainz o Beruete son la misma mano que las llevó a cabo, no sería un error. Si bien, Sainz parece adelantarse, estando más en la línea pictórica de Martín Rico. No perdamos de vista que las lleva a cabo con tan sólo veintiséis o veintisiete años, joven y fresco aún, con personalidad, capacitación e intuición para erigirse como relevante artista de ruptura, que, calladamente, consigue, constituyendo toda una agradable sorpresa.
Pero, como decíamos, la enfermedad le obliga a ser recluido en su Matamorosa natal. Se hace evidente una involución artística. Vuelve a los paisajes -todos campurrianos- tardorrománticos. Predominan los aspectos parciales inspirados en Campoo (Cervatos, Montesclaros, Peña de Izara, Naveda, Matamorosa, el Pozo del Amo). No es un periodo vacío. En su personal batalla, se conservan buenos logros, como Rincón de un pueblo castellano (1882) -de cierto retorno hacia el preciosismo de exterior, obra que seguramente tendría comenzada y que finaliza mucho tiempo después, tal como debe suceder con la luminista Paseo de Recoletos (1883) del Museo de Córdoba-, o las magníficas e interesantes obras fortunyanas Malvarosa (1882) y Malvas reales (1882). El artista sigue trabajando, a pesar de los inmensos problemas que desgraciadamente la vida le había destinado. En otoño de 1884, retorna a Madrid. No cabe duda de que sabía que era en Madrid donde debía estar, punto importante en su filosofía profesional. En este mismo año, aún en Matamorosa, trabajó arduamente, en el magnífico rincón del nacimiento del Ebro. Bajo las impresiones y anotaciones allí tomadas, desarrolló en Madrid varias obras con el mismo tema, todas ellas óptimas, siempre en desarrollo vertical. Espléndida es la que se conserva en una colección particular de Santander, con la presencia de ocho patos -blancos y negros- nadando plácidamente por las aguas del río; magníficas son también otras dos en manos privadas madrileñas -en una está presente la figura humana: nuevamente dos lavanderas-; pero maestra es la que custodia la Diputación Regional de Cantabria. Todas responden al mismo título, El nacimiento del Ebro, y todas se fechan ineludiblemente en 1885. Preciosismo, detallismo, dominio del contraste lumínico, excelente técnica, son notas que se adecuan a estos lienzos, con dosis de naturalismo moderno. Con el retorno a Madrid, Sainz vuelve a abrir los ojos, luchando por retomar los modernizadores conceptos que ya había practicado a finales de la década de los ochenta. Desde la panorámica Mañana en los alrededores de Madrid (c. 1885), pasando por La Vega de Matamorosa (c. 1885-1887), en dos versiones, hasta llegar a la burguesa y casi aristocrática En el jardín (1887), todas en colecciones particulares de Madrid y Santander, ya tenemos nuevamente a un Sainz en buena forma plástica.
La fatalidad, que le persiguió durante toda su vida, hizo que Casimiro Sainz y Saiz tuviera un postrero brote de demencia, tan brutal, que tristemente consiguió anularle para la práctica profesional. Sin embargo, poco antes de ese terrible momento, tuvo tiempo de pintar Doble luna (1889), una curiosísima obra, entre romántica y simbolista, casi alucinada. Si son dos lunas, o es el sol y la luna persiguiéndose, poco nos importa. Simplemente llega a parecer todo un epitafio, como si una vida estuviera persiguiendo a otra, plasmados en los dos astros, hasta engullirse y hacer desaparecer a la que ciertamente vale la pena. Con su ingreso en el madrileño Sanatorio del doctor Ezquerro, se concluye su dedicación profesional. Allí estará ingresado hasta su muerte. El propio doctor incluso llega a alentarle para que vuelva a coger los pinceles. Se sabe que, en la finca del médico, allá en Villajoyosa, éste le convence, pero abandona. Quizás esta obra sea la extraña Naranjos y palmeras. En 1898 se apaga una joven luz, sin tener tiempo a que le situaran entre los innovadores artísticos de finales del siglo pasado, por su inconclusa obra: muere a los cuarenta y cinco años, de ellos sólo quince los pasó pintando. Además de la obra, muchos son los datos de su valía y saber estar. Su formación y proyección madrileña, ya indica su convencimiento de que es allí donde debía trabajar para lograr ser alguien. Las referencias e influencias que hemos ido mencionando, son asimismo ilustrativas, al evidenciarnos que estaba atento e informado de ciertas novedades estéticas. Su corta vida, su corta trayectoria, nos han impedido tener un artista de mayor enjundia, capacitado, como estaba, de codearse histórica y artísticamente con los grandes naturalistas modernos de finales del siglo XIX y principios del XX. Pero, en todo caso, hasta nosotros han llegado afortunadamente más que suficientes pruebas de su gran valía artística. |
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1999, Jose L Lopez