(El narrador en
Y vinimos a Prusia para ver de cerca la guerra)
Las mujeres barren el odio
que se acumula en los rincones.
Solía acumularse entre las patas
de las sillas,
sobre todo en la última donde se sentó el amor.
Y después de barrer,
convierten el asiento en leña
para sobrellevar
este invierno infinito.
(El soldado en Y vinimos…)
Una noche.
Oscuridad
que acaba con todas las flores.
Una noche
de cien horas.
Por favor, no enciendas la luz,
el enemigo aún me está buscando.
NO SOMOS INMORTALES (de Notas al margen de Dios)
El infierno debe ser
como la infancia de los feos,
con ventanas lacradas como las bocas de nuestras madres,
hablo de las madres que vivieron la posguerra
o se asomaron a un balcón de lumbre para encontrar a un hombre.
No hablo de dinero,
el dinero dejó de existir
cuando reconoció que sufría síndrome de Estocolmo por los bancos.
Quizá debería hablar de carreteras atascadas o capas de ozono,
pero no,
hablo del infierno de los justos,
ese que se aparece en los límites de la noche
o en mitad de un orgasmo,
ese infierno que está siempre en la masa del espejo.
El infierno debe ser
como un desamor de adolescente,
como una dentadura postiza cayendo sobre un sexo,
o como el dolor del cáncer.
Y no hablo de guerra,
la guerra es lo que nos queda siempre de la infancia,
la fruta que ningún verano consigue madurar.
Hablo del infierno que me araña
que es no poder gritar tu nombre a las alturas
porque los ángeles han bajado para arrancarme la lengua.
(De Notas al …)
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Traía azúcar la tarde. Sol. Venía montado en mi silencio, en la inmortalidad de la nada, en la
acera que permanece luna si no la pisas. Traía miel esa tarde. Sol. No pensabas estar conmigo.
Traía la tarde una ausencia dulce como la cicuta.
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(Un recluso de Auschwitz en Vía muerta)
No nos dejan taparnos la nariz,
y por compañerismo ahora silencio
que el olor de los hombres
no es humano.
El olor de los hombres cuando vuelan.
Los piojos van comiéndose a las ratas,
esas ratas arañan a mis hijos.
Yo no tengo comida.
Duermo con cinco más en medio metro,
no puedo masturbarme sin rozarles,
no puedo descansar.
Me despedí del agua hace ya meses,
igual que de tu boca,
y no puedo llorar porque la rabia
lo va secando todo,
como el humo.
(De "Los enemigos del alma" - Trilogía)
Tengo un oficio mentiroso,
infernal,
pero me gusta.
Esta labor de juntaletras,
juntapalabras, juntaversos,
esta pretensión alta
de tocar ese punto interminable
donde habita la espera…
Ya lo dije una vez:
mentira es la belleza sin los ojos azules
y la sonrisa amplia.
Y yo sigo escribiendo,
junto letras,
y busco esa armonía cadenciosa
raspando en el azul de la naranja.
La labor de pocero o cirujano,
hurgaheridas,
barrendero del alma,
fontanero,
es mentirosa, cierto, y me gusta.
Y nada es tan verdad como la lluvia
o el duelo de la sangre,
renuncias a mi voz en tu garganta
o al nombre que me diste un mediodía.
Un mundo de naranjas contenido,
un amor de naranjas,
el amor que te tengo,
diferente del otro que reparto
cuando la humanidad se despereza
a pesar de la lluvia,
a pesar de la sangre,
a pesar de los nombres que he tenido
desde que me rompí los dientes.
Igual que quien enciende la mañana
para olvidar el miedo
o fantasmas insólitos,
me arrodillo ante ti
y te pronuncio
con la boca vacía de asperezas.
Se me llena la boca con tu nombre
y el sabor suena tibio y afrutado
con un pequeño toque de mandorla.
Tu boca era áspera y redonda
por eso no entendí la oscuridad del tiempo.
Abrir de par en par mi océano de bronce
con vistas a lagunas sombreadas
y una casa con una sola cama
de risa y seda antigua...
Pasaron tantos días como sueños,
conseguiste olvidarme
y nació por mi pecho alguna encina.
(De "Naranjas robadas")