Los Poemas de Amor que Francisco ofrece envueltos en fuego, con sabor a mar y con el tacto de las nubes.


Internautas por la Paz y La Libertad


Amame esta noche

¡Qué amante
no será dichoso esta noche,
qué amante no tendrá esta noche su dicha,
su amor, su fiel amor contra su pecho!

Ese amante soy yo,
yo soy ese alma desolada entre la felicidad de los otros,
entre los dichosos suspiros y los oscuros abrazos
de los que pasan bajo la luna pisando la música
desgajada y caída sobre la tierra nocturna.

¡Ah! La flor del amor me ha sido negada.
¿Qué hago entonces aquí?
Mas la esperanza existe mientras vive el amor.

Amame esta noche, amor mío,
ámame y no rompas este corazón que te pertenece
y cuya enfermedad tiene tu mismo nombre
y tu rostro y tu alma
y tu cuerpo y tu gracia y toda tu figura.

 

Al rojo del calor

Al dormir, ya he sabido la manera
de acunarte conmigo de traerte
a esta sartén del lecho y exponerte
a la sal, a la trincha y a la hoguera.

Verás; primero arranco tu cadera
de frustrada parra de la muerte.
Luego te pongo a desplegar y a verte
hasta que al fin te desarraigo entera.

¿Tú no notas por dentro del oído
como una vacuidad, como un calambre
y un salírsete Dios por los pezones?

Pues ese soy yo, tonta, que he aprendido
a hurgar mi soledad con el alambre
al rojo del calor que tú me pones.

 

Al rojo del calor

Entrar en ti, mi umbral, mi patio umbrío,
entrar y descubrirte en tu reposo,
lenta resina, miel, vino oloroso;
entrar en ti, brocal, gozo sombrío.

Entrar en ti, zaguán, entrar con brío,
cámara oscura, aljibe, sudoroso,
perfumado lagar, bodega, foso,
tibio aposento, ardiente escalofrío.

Apostándome así, contra tu vera;
entrar en ti, despacio, recorrerte
a tientas con paredes de salmuera.

Entrar en ti, subiéndote, sin verte,
y el vértigo verter para que fuera
ensillada y sin mí quede la muerte.


 
Con el deseo de verte vibrar


Te he buscado en la noche plena, augusta, silente,
cuando no eran bastantes las estrellas del cielo,
para alumbrar mi abismo, para saciar mi anhelo,
para inundar de luz mi soledad inclemente.

Te he buscado con ansia, con ilusión creciente,
con la fe del obseso, con entusiasmo y celo,
te he buscado impaciente, triunfante sobre el hielo,
con el deseo de verte vibrar, incandescente...

Mujer: Yo, en esta noche, pienso en la noche eterna
de vidas que transcurren sin fuegos pasionales,
vidas que no son vidas, sino yermos eriales.

Mujer: Yo, en esta noche, te sueño mujer tierna,
mujer dulce y sensible... Y, con el poeta, digo:
"La noche está estrellada y ELLA no está conmigo".

 

En la copa de rubí


Me pregunto, niña bella,
radiante como la rosa,
si eres mujer o eres diosa,
lucero o brillante estrella.

Eres claro amanecer
de un florido abril risueño,
mitad mujer, mitad sueño,
gozo, deleite y placer.

En cuanto tu imagen vi
hechizado me rendí
al embrujo de tus ojos;

y un dulce néctar bebí
en la copa de rubí
que forman tus labios rojos.

 

La manta azul

Nuevamente
hasta los ojos este recuerdo acude,
víspera de otras horas, voz, inmóvil del tiempo.
Secretamente trae
un deambular leve en los pasillos,
aquella lumbre ciega de tu aroma,
tus dedos, como una flor, hurgando en los armarios.

Falta la manta azul -dijiste-.

Quizá -todo es confuso ahora- fue la misma
mañana del otoño en que hasta el río
llegamos, a poblarnos la piel de certidumbres.
Y después, húmedos nuestros cuerpos desnudos en la hierba
hicimos el amor, y era eterna la vida.

Tal vez fue aquella tarde. Sí. Seguro:
la manta azul nos la prestaba el viento.

 

Entre los pliegues de la noche.


Estoy escribiéndote y sólo tengo tu ausencia
y en mi corazón el dolor de tu lejanía.

Mi pluma no puede escribir sin que las lágrimas
tracen el poema de mis deseos en la página de las mejillas.

Si no fuera porque la distancia nos separa
te visitaría entre los pliegues de la noche,
apasionadamente,
como visita el rocío los pétalos de la rosa;
y besaría ardorosamente tus labios rojos
y arrebataría tu talle, de la cintura a cuello.

Aunque ausente de mí, estás conmigo:
mis ojos no te tienen pero sí mi corazón.

 

El dulce sabor de los sueños


En sueños viniste a mi pecho de amor
y me pareció que tu dulce brazo
me servía de almohada.
Sentí que me abrazabas,
que disfrutamos del amor
y la vigilia de los amantes.
Creí besar tus labios,
tu cuello, tu nuca y tus mejillas
y que alcanzaba la meta de tu amor.
Si no me visitara de noche tu imagen
jamás podría conocer
el dulce sabor de los sueños.

 

Pasamos allí la noche


Detente en el mismo río,
párate y pregúntale
por una noche que me quedé allí,
a pesar de los murmuradores,
sorbiendo el néctar de tu boca
y cortando la rosa del pudor.
Nos abrazamos como se enlazan
las ramas sobre el arroyo,
entre copas de vino fresco
que nos traía el viento del norte
y flores que nos brindaban
aromas del incienso
sin necesidad de fuego.
Los reflejos de la lumbre
como puntas de flecha
en la superficie del agua.
Pasamos allí la noche
hasta que el frío del alba
nos hizo separarnos.
Y nada ha atizado más mi nostalgia
que el trinar de aquel ruiseñor.

 

Cuando caiga la noche


Cuando caiga la noche
espera mi visita:
sé que su oscuridad
es quién mejor encubre los secretos.

Siento un amor por tí
que si tuvieran los astros
que moverse con la misma fuerza,
no brillaría el sol
ni saldría la luna,
ni las estrellas aparecerían
en medio de la noche.

Si no me visitara tu imagen
cuando cae la noche
jamás podría conocer
el dulce sabor de los sueños.

Su cara de luna llena
resplandece en medio de la noche.
En la oscuridad su negro pelo florece
mientras brillan los luceros de sus ojos.

Mis manos se pasearon por su cuerpo,
bajando al valle de su cintura
y subiendo al monte de sus pechos.

Al acariciarla vibraba
como un junco de arena,
mientras besaba su rostro de sol naciente.

 

La brisa de tu cuerpo


La dulzura de la noche me envolvió
como el bosque de tus cabellos.
Destilé en ella la lluvia de mis lágrimas
mientras resplandecía el brillo de tu recuerdo.
A través de ellas contemplaba
la piel de tus mejillas
y las perlas de tu boca.
Estaba llorando por ti,
brotando de mis ojos rosas rojas
por el fuego de tu ausencia;
como si las lágrimas salieran
de la grana de tus pechos.
La dulzura de la noche
en que rasgué la oscuridad
con la luna de tu frente,
mientras jugaba con la perla
que esconde el tesoro de tu alcoba.

El rocío bañaba las amapolas de tu cara;
el aroma de tu perfume inundaba el aire.
Alrededor de la azucena de tu cuello
danzaban perlas de rocío;
gotas como lágrimas
que corrían por el vaso de tu vino.

La brisa de tu cuerpo me hacía temblar
inclinando la rama de tu talle.
Al ritmo de tus caderas
apagué mi sed en la orilla de tu cintura.

 

Flor en abierta calentura.


Rito de amor, donde la flor se ofrece
al labio acariciante y ardoroso.
Roja herida entreabierta. No hay reposo.
Comienza una agonía. El mar se mece.

Aparece la miel. Desaparece
y vuelve a aparecer. Bebo, amoroso,
con avidez. Y gimes tú. Yo, ansioso,
sigo bebiendo. Hasta la cal florece.

Todo es flor en abierta calentura,
en lenta y apremiante mordedura,
en ascensión y vértigo a la estrella.

Todo un amanecer de vida estalla.
Es la explosión final de la batalla.
¿Lloras aún? ¡Qué dulce miel aquella!

 

Tu derrumbe de amor


Ven, que el amor -ya beso- se me adentre
en ese inconfundible aliento, pura
insinuación, efluvio que me augura
que será fuego todo lo que encuentre.

Ven, que el amor más puro se me centre
en esa ensortijada gracia oscura,
cárcel de luz, recóndita angostura
y capitel airoso de tu vientre.

¡Oh surco de rubíes que sostienen
las dos altas columnas de tu templo,
que a mí también como a Sansón me tienen!

Vuelca ya sobre mí tu arquitectura,
tu derrumbe de amor y claro ejemplo
de la más catastrófica hermosura.


Sobre tu piel desnuda
.


Junto a un cuerpo tendido que respira
lento, duerme tal vez, o sueña
bajo la azul penumbra de la tarde,
llevo mi tacto y siento tu latido: no mármol: piel,
estremecida piel que se retira y vuelve,
y sonríe despacio diciendo su sorpresa.

Yo noto cómo fluye:
este cuerpo es un río donde mojé mis manos
hace tiempo, viajero
en los frágiles días del calor, cuando la carne es sólo
una huella en la arena que aguarda su milagro;
un río como un cuerpo que baja de los montes
que nunca alcancé a ver, y llega, y suena.
y arrebata a las horas su presencia de espuma.

Tocar, tocar un cuerpo,
abrazar una sombra cuando la lluvia acaba,
anhelar unos ojos grandes como la luz,,
morir por fin desnudo mientras el viento arrastra las promesas:
A tantas cosas diferentes
dimos nombre de amor, tantas mareas
arribaron sin ansia a la dicha secreta de los muelles.
(Tanto camino en que encontrar la carne.)

Por qué decir ahora
que este cuerpo es el tuyo?
Tendida junto a mí, tu corazón palpita,
miro tu rostro y muda me contemplas,
sonríes una vez, paso mi mano
sobre tu piel desnuda, y nos perdemos
en un río de formas y distancias.

 

Vuelvo a sentir tu vida


Tenerte cerca. Hablarte.
Y besarte en silencio.
Y sentir el contacto
caliente de tu cuerpo.
Sentir que vives, trémula,
aquí contra mi pecho.
Que mis brazos abarcan
tus límites perfectos.
Que tu piel electriza
las yemas de mis dedos.
Que la vida se ahoga
en el hilo de un beso.
Que así, en la sombra, a tientas,
bajo la noche, ciegos,
topándonos a oscuras
mientras todo es silencio,
nos amamos y somos
casi dioses rugiendo.

Vuelvo a palpar tu carne,
vuelvo a besarte, vuelvo
a estrecharte en la sombra
ciega contra mi pecho.
Vuelvo a sentir tu vida
trémulamente. Siento
que el desamparo pone
su soledad, su cerco,
en torno de nosotros.
El mundo está desierto.
Mudo. Tú y yo arrojados
a un destino violento,
aquí, sobre la tierra,
abrazándonos ciegos.

Y entonces te recojo,
te amparo, te sujeto,
pequeña, débil, mía,
cobijada en mi aliento,
sostenida en mis brazos,
cubierta con mis besos.

Pero mi pequeñez
en seguida comprendo.

Mi inútil protección,
castillo sin cimientos,
rueda deshecha frente
al enorme Universo.

¡Qué poco puede un hombre!
Y me refugio en medio
de tanta soledad
en tu caliente cuerpo,
para que entre tus brazos
me mezas con tu tierno
amor. Niño asustado,
busco tu amor materno.

Los dos en la tiniebla
abrazados, pequeños,
frente a la eternidad,
lloramos en silencio.

La noche continúa
mudamente cubriéndonos.

Arde tu cuerpo.

El mar es como un niño consentido:
sobre la arena arroja a las gaviotas
y echa a rodar entre las olas rotas
los últimos recuerdos del olvido.
Arrastra ya el verano, malherido,
la desesperación de las derrotas.
Flota la luna en el poniente. Flotas
sobre mi corazón atardecido.
En el rincón más fiel de la bahía
arde tu cuerpo entre mis manos, mientras
escupe el mar sus besos y sus babas.
Baten las grandes olas mi agonía
y, a su compás, me buscas y me encuentras.
Y eres tú, no las olas, quien me acabas.

 

Vivamos, vida mía, y amémonos,
sin importarnos la crítica del mundo.
El sol se pone cada tarde y sale al día siguiente,
pero nosotros, cuando se nos apague la vela,
dormiremos una noche sin fin.
Dame mil besos y después dame cien más
y después otros mil más y después otro cien más
y muchos miles hasta que enredemos la suma
y ya no sepamos cuántos besos nos damos
ni los envidiosos lo sepan.
 

Tus labios.

Quizá perdí mi juventud, quizá
perdí Floridas increíbles.
Quizá perdí otras cosas, pero tengo
la sal ardiente de tus labios.
Una infancia perdí, quizá un deseo
de una luz entre pinos y el mar puro.
Perdí el cielo del sur, pero ahora tengo
la sal y el fuego de tus labios.
Sí, perdí mi bahía, donde el tiempo
no parecía existir sino soñando.
Unos sueños perdí, pero te tengo
y contigo a tus labios.
¿Perdí a Dios? Una noche sentí oscura
la soledad, la muerte entre los brazos.
Y helado el corazón. Más luego tuve
la honda caricia de tus labios.
Ya no estaré más sólo. Quiera el mundo
herir con frío o con puñal mi alma.
Ya no estaré más solo porque tengo
la compañía de tus labios.

 

Huelen a ti las sábanas


Huelen a ti las sábanas, amor, y todavía
está tu libro abierto encima de la mesa
y hay ropa por el suelo y discos y tabaco.
Aunque aquí ya nos estés mi cuerpo aún te busca.
Y en este fingimiento de abrazarte, en la almohada
persigo tu recuerdo, tu delgada cintura.
Por suerte no es un sueño y quizá en el baño
mi cepillo me espere, húmedo de tu boca,
o toallas que secaron tu pelo.
Huelen a ti las sábanas. El barrio se despierta.
Hay voces en la calle y luz tras la persiana.
El sol debe estar alto. Qué corta fue la noche.

 

Mi jardín de dulzura


Tus ojos son el alcohol de mi mirada
Tu boca es una barca en la tempestad
Tus orejas el nido de mis besos
Tu nariz la dulzura de mi alegro
Tus pechos las almohadas de mi angustia
Tu vientre es la playa de mi cara
Tu sexo es mi jardín de dulzura
Tus piernas las llaves de mi libertad
Tus pies mi desayuno y mi cena
Tus manos son dos cartas de amor
Tu sonrisa es mi corona de rey
Tu melena mi alfombra volante
Tu voz es la flauta de mis sueños
Tu olor es mi bosque borracho
Tu cuerpo es mi doctrina sapiencial

 

Alma de llamas

En esta hora de cal azul, sin ella,
-hora lenta que enciende los faroles-,
sin ella por las plazas
donde el frío sus dédalos emprende,
sin ella por la cien constelaciones
donde nos perseguíamos desnudos;
en esta hora de aristas,
sintiendo los contornos de su aroma
ángeles fugitivos en la calma
de verdes miradores,
sin ella frente al mar que tantas veces
confundió sus guirnaldas meridianas
con el vuelo orimiel de su cabello,
en esta hora y sabiendo
la casa no encendida
pero el alma de llamas,
me he sentado en la acera, tal mendigo,
hablando con mis años, sin amarlos
ni esperar de su seno la mañana.

 

Un templo sin columnas


En cada cristal, en cada cuarto,
las palabras emergen como un pretexto
y se extienden con la claridad del momento.
Existe sólo una respuesta
para que la intensidad llegue a su destino,
-amor es palabra y también silencio-.
Ella inventa su vida, su lugar,
una ruta extraña como el viento del tiempo.
Es una niña desolada esperando el atardecer
para ocultarse en la primera estrella.
Ella es como un árbol
y en sus dos hojas escondidos están mis poemas,
pero las hojas caen en la niebla del otoño.
En cada cristal está ella,
en cada playa de invierno, en cada bosque
o quizás en la calle más larga de esta ciudad.
La voy persiguiendo, pero su presencia
atraviesa todos los límites inaccesibles.
En cada cuarto está su sombra,
su silencio de hondo latido,
su paisaje nocturno y su temor.
Había poesía en aquellas noches,
había tantas cosas,
el contorno de dos cuerpos
y el final de las palabras.
Debíamos comprender
el inevitable cansancio de nuestros ojos.
Le pregunté si me amaba,
difícil respuesta
cuando el amor es un templo sin columnas.

 

En la sed de tenerte

Y tú me dices
que tienes los pechos vencidos de esperarme,
que te duelen los ojos de tenerlos vacíos de mi cuerpo,
que has perdido hasta el tacto de tus manos
de palpar esta ausencia por el aire,
que olvidas el tamaño caliente de mi boca.

Y tú me lo dices que sabes
que me hice sangre en las palabras de repetir tu nombre
de golpear mis labios en la sed de tenerte,
de darle a mi memoria, registrándola a ciegas,
un nueva manera de rescatarte en besos
desde la ausencia en la que tú me gritas
que me estás esperando.

Y tú me lo dices que estás tan hecha
a este deshabitado ocio de mi carne
que apenas si tu sombra se delata,
que apenas si eres cierta
en esta oscuridad que la distancia pone
entre tu cuerpo y el mío.

 

El sonido de un silencio

Rodeado de cristales,
de objetos inservibles,
de instrumentos sin sonido,
de figuras de cera,
de alfombras,
de tus ojos serenos,
de miedo.
Me agito y me revuelco en lo inútil
para llegar a ver
y oír el sonido de un silencio
tan solitario como mi voz en el viento.

 

Gozar tu cuerpo

Cuando murmuras con nervioso acento
tu cuerpo hermoso que a mi cuerpo toca
y recojo en los besos de tu boca
las abrasadas ondas de tu aliento.
Cuanto más que ceñir, romper intento
una frase de amor que amor provoca
y a mí te estrechas delirante y loca,
todo mi ser estremecido siento.
Ni gloria, ni poder, ni oro, ni fama,
quiero entonces, mujer. Tú eres mi vida,
ésta y la otra si hay otra; y sólo ansío
gozar tu cuerpo, que a gozar me llama,
¡ver tu carne a mi carne confundida
y oír tu beso respondiendo al mío!...

 

En los amaneceres temblorosos


Sólo el amor
mi presa.
Sola, tú, mi batalla.
Bajo la luz vencida
de la tarde,
en los amaneceres temblorosos
-dispuestos a luchar
o exhaustos combatientes-
desde tu mar al mío
el delirio de sueños
que se escapan,
que, piedra a piedra,
unánimes clamores de la sangre,
se anudan y son uno:
dique invencible,
única, nueva, frágil
criatura
de tu cuerpo y mi cuerpo.
Tú, poseída por la luz,
derramada ternura entre las dunas,
tierra mía.
Aquí dejo mis huellas.
Desnuda, te contemplo.
Y a tus playas me acojo.
Sobre éstas húmedas arenas,
desterrados de rosas y falsos
paraísos,
de todas las dulces trampas
de la infancia,
pongo mi sed.
Edifico esperanzas.
Otro fervor levanto:
el que fluye de ti me fluye
y a ti vuelve,
el que de mí te llega
y en mí eriges.
La férvida pasión que nos renace
cuando solos, ardidos,
con las armas desnudas
de esta lucha
sin tregua,
nos amamos.

 

He soñado contigo


He soñado contigo hacia la madrugada
y el amor que me hería aprovechando el sueño
me ha despertado cuando el alba en los balcones
se paraba lo mismo que un pájaro perdido.
Tú no sabrás qué sueño me despertó en la noche
ni por qué misterioso paisajes fuimos juntos.
No sabrás nunca el grave encanto que hacia el alba
me despertó a la vida otra vez suspirando.
¿Pues quién sabe por qué extraños caminos
sin que sepamos nada puede ir el amor?
¿Quién sabe por qué tiernos senderos todavía?
¿Quién sabes por qué prados ni por qué primaveras?
La lluvia azota mis cristales. (Son la siete.)
Tal vez te haga pasar la mañana en tu casa.
Piensa que yo he mirado largamente la sierra
y que he dicho tu nombre casi sin darme cuenta.
Y después he sentido una vaga tristeza
al ver sobre las verdes montañas y sus árboles
la belleza sombría de la luna y el viento,
una tristeza no demasiado grande,
casi risueña, casi alegre, inexpresable,
pero tan íntima y aguda que los días
no me podrán curar con sus cielos azules
de su encanto suave y agridulce,
oh amor, oh amargo amor, amor lejano,
siempre amor, siempre lejano, muy lejano,
oh amor lejano como el olor de las palmiras,
oh amor que siento más cerca cada día.

 

Mar sin secreto


Este cuerpo de amor no necesita
quemar su luz en otra ardiente rama.
La lava en que se quema y que derrama,
por su propio volcán se precipita.
Tu hermosura sin voz sólo mi incita,
no un corazón ni el vuelo de una rama.
Mi aliento es mi amor, y lo que ama
mi sangre, es esa piel, que un astro imita.
¿Qué esconde esa belleza? Sólo espumas.
Oh hermosa nada que a mi amor convoca,
raudo cielo sin Dios, mar sin secreto.
Pero besar todas sus dulces plumas
es ya el único sino de esta boca,
la única gloria ya de este esqueleto.

 

Nadando en fuego.

Kilómetros de ti..., te ando y te llego.
Vocerío de la sangre sobre ruedas
y el temor infantil de que no cedas
a este pez buceador nadando en fuego.
Cedes, cedes, te das al bello juego,
amorosa y tenaz sobre las sedas,
y me sales triunfal a las veredas
de este rocío de amor con que te riego.
El grito del jazmín, ¡qué enamorado
cuando se ruboriza en amapola
calladamente, dándose de lleno!
¡Qué cosquillas de Dios en mi costado!
Rumor de abeja hasta mi sien, en ola,
limpiándome de brozas y de cieno.

 

Beso por beso

Sin verte,
sin desear ni sonreír,
podría pensar que he muerto,
pensar que vengo de nacer
triste de siempre,
con hueco corazón diestro en la pena,
frágil por tanta música que oigo
y me burla y busco,
por tanta azul fragancia
que se queda en presagio.
Comienzo ya a esperarte,
forma furtiva, inseguro cuerpo de nube.
Quiero, beso por beso,
hallar los siglos que te han dado
tu piel, tu risa de agua,
el cuerpo en que te burlas
del capricho del aire.
Aquí las horas mueren de no verte;
vienen, van por un mundo de campanas
calladas
de adictas voces mudas.
Cada vez que el reloj pierde en la sombra
una gota de llanto,
oigo una letra de tu nombre
que en mí se salva de la muerte,
y busco en la memoria y por mis mano
el peso del amor allí asilado.
El cielo arriba oscuro
tiembla como en mi sangre.